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lunes, 9 de junio de 2008

Apoyo a la guerra de Irak, pero desde una visión multilateralista.

Como decíamos, parece bien probable que la imagen de Tony Blair permanezca asociada a la de George W. Bush y su aventura en Irak en la mente de muchos durante la próxima década. De una u otra forma, y aunque a algunos nos parezca injusto, su gestión al frente del Gobierno británico se va a asociar al fenómeno neocon que se apoderó de la Casa Blanca a partir del fatídico 11-S. Casi se diría que el Blair reformista, modernizador y progresista no hubiera existido jamás. Y, sin embargo, dicha simplificación de la política exterior de Blair dista mucho de ser correcta. Stephens recoge una y otra vez en su libro casos concretos en los que las posiciones políticas de Blair con respecto a la lucha contra el terrorismo islámico y el conflicto en Irak no tienen nada en común con las mantenidas por Dick Cheney o Donald Rumsfeld, con quienes no puede decirse que mantuviera precisamente una relación demasiado estrecha y amistosa. Pero centrémonos, primero, en la visión del mundo que tenía Blair incluso antes de surgir el conflicto de Irak en el radar, cuando hubo de plantearse la intervención militar en Kosovo:

Tony Blair planteó entonces una remodelación fundamental del orden internacional que reflejara la interdependencia creciente del mundo moderno. (...) Los primeros borradores de aquella nueva Doctrina de la Comunidad Internacional, habían sido redactados por Lawrence Freedman, un famoso profesor y teórico británico en estudios de guerra. Freedman dio forma intelectual a las ideas del primer ministro. El discurso de Blair invocaba una transformación radical de las normas y las instituciones internacionales que reflejara el cambio de la realidad global: en un mundo de fronteras porosas, donde el caos y el conflicto se desparramaban rápidamente de una nación a la vecina, el objetivo moral y el propio interés exigían una intervención más decidida. El mundo posterior a la guerra fría, dijo, necesitaba una definición más amplia de la seguridad que la que se aplicaba durante la confrontación entre Occidente y la Unión Soviética. (...) Las naciones más poderosas debían aceptar la responsabilidad explícita de impedir que aquellas matanzas se repitieran. Cuando en un país la opresión "produce flujos masivos de refugiados que desestabilizan a los países vecinos, pueden describirse correctamente como amenazas para la paz y la seguridad". En consecuencia, la soberanía de los estados se hallaba condicionada a su aceptación de unas normas de comportamiento básicas y universales.

(Stephens: pp. 189-190)

Ni que decir tiene que George W. Bush y los neocon hacían un análisis bien distinto, tanto en ese momento (durante el conflicto de Kosovo los republicanos presionaron a Bill Clinton para que no enviara tropas y se desentendiera) como después de los atentados del 11-S. Mientras que Blair y los laboristas aceptaban de buena gana el multilateralismo y las instituciones internacionales (y, por consiguiente, estaban dispuestos a defender el intervencionismo en cuestiones que otros considerarían de estricta soberanía nacional), Bush y los neocon despreciaban a la ONU, lo entendían todo desde la lógica amigo-enemigo, solamente creían en la firme defensa de los intereses estadounidenses y no se paraban en mientes a la hora de exigir a los demás gobiernos su apoyo incondicional. Es cierto, Blair fue a la guerra de la mano de Bush, pero todo parece indicar que lo hizo por motivos bien distintos y con el convencimiento de que tarde o temprano podría ejercer alguna influencia sobre el amigo americano (todo esto no quita, obviamente, para que a lo mejor también hiciera un cálculo interesado basado en la más pura realpolitik: si el Reino Unido lograba insertarse mejor en el proyecto de integración europea y mantener al mismo tiempo unas buenas relaciones con EEUU, lo más probable es que su cotización en el mundo de la diplomacia internacional subiera bastantes enteros).

De todos modos, no tenemos más remedio que reconocer que la izquierda continental europea, que plantó cara al intervencionismo militar estadounidense, tiene que plantearse una pregunta urgente y sinceramente: ¿cómo es posible criticar la pasividad de los gobiernos democráticos ante la persistencia de dictaduras como la de Pinochet o el apartheid surafricano y, al mismo tiempo, oponerse a cualquier tipo de intervención militar o imposición externa de las normas más fundamentales del Derecho Internacional? Las medidas de bloque económico no sólo se han demostrado manifiestamente insuficientes para derribar gobiernos autoritarios, sino que además es la propia izquierda la que se opone firmemente a dichas medidas en casos como el cubano. ¿Cuál es, pues, nuestra respuesta? Si nos oponemos a la intervención militar y también al bloque económico, ¿cómo proponemos que se actúe en aquellos casos en los que ciertos estados o gobiernos incumplen reiteradamente con las normas más esenciales del Derecho Internacional? ¿Se les deja actuar libremente y sin interferencia? El claro posicionamiento que tomó Blair puede parecernos demasiado belicoso, pero al menos tiene la ventaja de ser eso: claro.

Sobre el legado de Tony Blair y la ingratitud de la política.

Leo lo siguiente en el libro de Philip Stephens y no me queda más remedio que reflexionar sobre lo ingrato de la política:
Tony Blair será recordado como el primer ministro que reconstruyó la organización constitucional británica: reformando la Cámara de los Lores, permitiendo alcaldes electos para Londres, incorporando la Ley de la Convención Europea de Derechos Humanos y, sobre todo, devolviendo el Parlamento a Escocia.

(Stephens: p. 117)

No estoy de acuerdo con el autor. Me temo que al final, guste o no, Tony Blair va a ser recordado por haber llevado al Reino Unido a participar en la guerra de Irak de la mano de George W. Bush. Y eso a pesar de que la gestión de Blair durante sus años al frente del Gobierno británico puede considerarse, en líneas generales, como bastante brillante: bonanza económica, acercamiento a la Unión Europea (cierto, no tanto como a lo mejor les hubiera gustado a muchos europeístas, pero sin lugar a dudas su política no puede caracterizarse como euro-escéptica), democratización de la política local en Londres, descentralización del poder mediante la devolución de poderes (esto es, la creación de parlamentos y gobiernos en Escocia, Gales e Irlanda del Norte), modernización de los servicios públicos tras años de abandono bajo los gobiernos conservadores, firma del tratado de paz en Irlanda del Norte que puso punto y final al terrorismo del IRA, reforma del sistema político británico para modernizarlo mediante los cambios introducidos en la Cámara de los Lores, etc. Pero nada de esto parece tener importancia alguna en vista de su polémica toma de posición apoyando a George W. Bush en la cuestión iraquí. Supongo que únicamente se apreciará su gestión cuando pasen los años y queden atrás historias y resquemores.

domingo, 8 de junio de 2008

Sano pragmatismo.

El adjetivo pragmático, cuando se aplica a la política, no siempre tiene buena prensa. Todo depende del contexto. Si estamos hablando del fanatismo de ciertos dirigentes, lo pragmático suele salir a la palestra con una luz positiva. Por el contrario, si el objetivo de la discusión es criticar las ambiciones de poder de tal o cual político, el pragmatismo siempre equivale a hipocresía o sometimiento de las ideas propias a unos intereses ocultos. A Blair, como a Felipe González, no hay más remedio que definirlo como eminentemente pragmático.
Blair me explicó su enfoque durante una serie de conversaciones que mantuvimos en 1996. Las grandes batallas ideológicas de la política del siglo XX habían acabado, dijo. "La gente mirará con perspectiva nuestro siglo y dirá que, en cierto modo, era una aberración: que había una guerra a muerte por la ideología". La política del siguiente siglo se centraría "menos en distinguidos enfrentamientos ideológicos y más en los valores que apuntalan los gobiernos, los objetivos del gobierno y la política que puede aplicar". Su ambición, añadió, era claramente la de Keir Hardie, uno de los fundadores del laborismo: ampliar las oportunidades y crear una sociedad más justa. La diferencia, para él, era la siguiente: "Me gusta meter en el mismo saco la política de izquierdas y la de derechas y sacar la que más se adecua al objetivo. Francamente, no me importa que una empresa sea de propiedad pública o privada si se cumple el objetivo de una sociedad más cohesionada. No siento ninguna lealtad por los viejos límites de izquierda-derecha".

(Stephens: p. 92)

Si definimos pragmático como centrado en los resultados, soy un firme partidario del mismo
. No hay nada que me irrite más que el fanatismo ideológico y la excesiva rigidez a la hora de buscar soluciones a los problemas de la gente. Nuestras sociedades son demasiado complejas para que podamos aplicar un compendio de recetas sin más. No queda más remedio que estudiar los problemas, analizarlos, discutirlos, buscar posibles soluciones, proponerlas, llevarlas a cabo y, finalmente, evaluarlas para comprobar hasta qué punto cumplieron sus objetivos. La política ideologizada representa todo lo contrario: se parte de una idea preconcebida, de un sistema filosófico que explica la realidad y luego se intenta interpretarlo todo a la luz de dicho sistema. En otras palabras, ofrece la solución antes de sentarse a estudiar el problema siquiera. En este sentido, estoy plenamente de acuerdo con Blair: si nuestro interés es mejorar la educación de las futuras generaciones y hacerlo de tal manera que se garantice la justicia social y el mayor grado de oportunidades posible para todos, el mecanismo que nos ayude a lograr dicho objetivo es completamente secundario. Si podemos conseguirlo mediante el monopolio público de la educación, pues bien; si se facilita, por el contrario, con la privatización completa de la educación, pues bien también; y si, finalmente, es el sistema mixto el que más nos acerca al objetivo que nos marcamos, pues eso será lo que hay que hacer. En definitiva, todo menos imponer los prejuicios ideológicos de cada cual.

Ahora bien, donde ya no tengo tan claro que Blair tuviera razón es en su predicción de que el siglo XXI vería una política donde los distingos ideológicos perderían importancia en favor de un análisis de objetivos y políticas aplicadas para la consecución de aquéllos. Que la ideología se vaya debilitando poco a poco me parece bien posible (sobre todo si nos referimos a las posiciones ideológicas heredadas del siglo XIX), pero que los ciudadanos pasen a plantearse su voto según las políticas concretas de cada partido ya me parece mucho más difícil. Por el contrario, me parece mucho más probable que los ciudadanos continúen basando su voto en multitud de factores que tienen bien poco que ver con el análisis objetivo y racional de la gestión y los programas: cuestiones de imagen, preferencias personales por tal o cual candidato, tradición familiar, identificación con una u otra cultura política, reacciones a la situación política concreta en el momento del voto, etc.

Progresismo, ética, relativismo y seguridad ciudadana.

Por mínimo que ya llegado nunca a ser el Estado mínimo liberal, jamás renegó de una función que siempre se consideró primordial desde la derecha: el orden público (esto es, lo que hoy en día, quizá para hacerlo más fácilmente asumible para la izquierda, denominamos seguridad ciudadana). Pues bien, de la misma forma que hiciera Bill Clinton en los EEUU, éste fue precisamente el tema que eligió Blair para distinguirse del laborismo tradicional:
El momento que señaló a Tony Blair en la menet del público como un político laborista totalmente diferente fue tan inesperado como horrible. En febrero de 1993, la nación estaba trastornada por el asesinato de un niño de dos años. James Bulger, perdido de vista por su madre apenas un momento, fue secuestrado en un centro comercial de Liverpool por dos niños no mayores de diez años. Le llevaron de la mano a un descampado cercano y le pegaron una paliza brutal que le mató. (...) Blair, como portavoz de interior y justicia, dio la respuesta de su partido. Le hizo salir de la sombra de Westminster y de las secciones políticas para llevarle a las primeras páginas de los periódicos, y de allí a la escena nacional.
Blair declaró que el asesinato transmitía sin duda un malestar muy profundo. La sociedad había perdido su brújula ética, y la tolerancia había dado paso al abuso de libertad. Había llegado el momento de prescindir del relativismo moral y de reformar la distinción fundamental entre lo bueno y lo malo. (...)

(Stephens: pp. 73-74)

La izquierda, ciertamente, tiene una tradición de desprecio por el orden público y los aspectos relacionados con la seguridad, prefiriendo expandir las áreas de libertad individual y reivindicar el antiautoritarismo. Todo esto no vino necesariamente mal mientras las sociedades occidentales (incluso las más avanzadas) aún conservaban un alto grado de autoritarismo residual y anticuados hábitos sociales. Los movimientos contestatarios de los años sesenta se rebelaron precisamente contra todo esto: el recurso constante al principio de autoridad por parte de los profesores en la escuela y hasta en la Universidad, el excesivo formalismo en las costumbres, las actitudes pacatas en todo lo que se refiriese al sexo, la incapacidad más absoluta para disfrutar la vida fuera de unos modos claramente regimentados, etc. Ahora, pasados aquellos años, queda claro que dicha contestación fue un necesario soplo de aire fresco que debía insuflar un nuevo vigor en nuestras sociedades. Sin embargo, hacia finales de los años setenta y principios de los ochenta ya hubo claros indicios de que buena parte de la población en aquellos países que se habían mostrado más liberales durante la década anterior estaba experimentando ciertas dudas respecto al estado de cosas. Conservadores con resabios reaccionarios (Ronald Reagan y Margaret Thatcher, por ejemplo) aprovecharon estas dudas para promover una agenda tradicionalista y ultraconservadora empeñada en recortar los derechos duramente conquistados en la década de los sesenta. Y, sin embargo, ello no quita para que la respuesta progresista no debiera limitarse a agarrarse de uñas y dientes al status quo, que es por desgracia lo que a menudo sucedió. Hubiera sido mucho más inteligente reivindicar el justo medio, en lugar de apostar por estrategias defensivas, pero al menos en el caso británico esto no sucedería hasta la aparición de Tony Blair en la escena política.

El caso de James Bulger le sirvió a Blair para colocar su discurso ético inspirado en valores cristianos en el punto central del debate político y social. Frente a la permisividad progre de antaño, Blair reivindicaba ahora no una educación autoritaria ni conservadora (en esto se diferenciaba claramente del neoconservadurismo antes mencionado), sino un retorno a los grandes principios éticos y morales de la Humanidad (la distinción entre el bien y el mal) compatible, no obstante, con conceptos que habían ganado peso específico en las últimas décadas, como pueden ser la tolerancia, el diálogo, el respeto o la diversidad. Blair representaba, por consiguiente, no un retorno a lo anterior, pero sí una corrección de lo que podían considerarse como excesos de los años sesenta. O, para expresarlo de otra manera, apostaba por devolver el péndulo hacia una posición intermedia o central, evitando los extremos. Una vez más, algunas de sus críticas al relativismo moral podían sonar perfectamente compatibles con las que provenían de la derecha más o menos tradicionalista, pero ello no quiere decir ni mucho menos que sus soluciones fueran las mismas, ni siquiera parecidas.

En cualquier caso, Blair volvió a conectar el laborismo con la tradición de austeridad ética que había caracterizado al movimiento a finales del siglo XIX. En este sentido, supuso para el laborismo británico algo similar de lo que representaría Felipe González en España con su reivindicación de los "cien años de honradez". Tanto uno como otro subrayaron no el relativismo absoluto, sino la claridad ética.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con la seguridad ciudadana? En ese sentido, sí que es bien posible que Blair se dejara llevar por la retórica conservadora. Las convicciones morales no siempre pueden prevenir comportamientos asociales, como quedó bien patente en la Alemania nazi. De la misma manera, pueden recordarse decenas de ejemplos en los que sociedades supuestamente nada relativistas (esto es, nada influidos por el espíritu relativista de la Ilustración y la Modernidad, como gustaría recordar a muchos representantes de la Iglesia) cayeron masivamente en comportamientos inmorales e inhumanos. En este tema, como en cualquier otro, la posición más sensata suele estar cerca del justo medio: el absolutismo moral conduce al fanatismo y la imposición, en tanto que el relativismo moral nos hunden en el cenagal de la indiferencia. A lo mejor habría que apostar por un relativismo relativo, difícil como sería entrar a definirlo.

Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que la seguridad ciudadana debe ser un elemento fundamental de cualquier política progresista. Sencillamente, no es posible garantizar la convivencia de los ciudadanos ni extender los derechos sociales si no somos capaces de afirmar primero el Estado de Derecho. Las leyes están para ser cumplidas. De bien poco vale legislar de forma progresista si no vamos a ser capaces de segurar el cumplimiento de las mismas.

jueves, 5 de junio de 2008

Estatismo versus individualismo.

Sin duda, el gran debate ideológico del siglo XX (aparte de la disputa entre democracia y totalitarismo, concluido con la caída del Muro de Berlín en 1989, por más que algunos aún no hayan sabido asimilar su fin) fue el que enfrentaba a las posiciones estatistas de la izquierda con el individualismo de la derecha.
Tanto liberales como conservadores reconocían la aspiración individual. El tema era cómo avanzar mejor. Los conservadores veían el gobierno, en casi todas sus formas, como opuesto a las libertades individuales. Era un mal necesario, pero que necesitaba frenarse de vez en cuando. El joven político laborista creía que el principio rector de un partido moderno de centro-izquierda era que las personas prosperaban en comunidades sólidas. El estado podía y debía ser amigo del individuo, una fuente de seguridad en un mundo que cambia rápidamente. Margaret Thatcher había acertado en casi todo en los años ochenta, sobre todo en la economía de mercado. Pero se había equivocado al elaborar la idea de sociedad. Por su parte, el Partido Laborista había perdido su argumento por defecto. En opinión de Blair, había confundido el concepto de comunidad con la idea de un estado centralizado fuerte.

(Stephens: p. 71)

Tenemos planteado aquí, una vez más, el tema del zoon politikon de que hablábamos ayer. En buena medida, la posición que uno adopte con respecto a este tema dependerá de sus opiniones sobre la disputa entre individuo y sociedad, una de esas cuestiones eternas del pensamiento político que seguramente jamás se resolverá satisfactoriamente. Ahora bien, me parece correcto pensar, como hace Blair, que el laborismo británico hasta tiempos bien recientes había confundido el concepto de comunidad con un Estado hipertrofiado y omnipresente. Se trata de una concepción del papel del Estado que en buena parte ya había sido abandonada por los socialdemócratas alemanes (así como los escandinavos o los holandeses) hacía mucho tiempo, y que también dejaron en la cuneta los socialistas españoles y franceses a principios de los años ochenta. Sin embargo, los laboristas británicos, quizás porque no tenían responsabilidades de poder, aún andaban demasiado apegados a un estatismo anticuado.

Pero, ¿quiere todo esto decir que no haya más opción que elegir entre uno de los dos bandos, el estatismo o el individualismo? Precisamente ahí es donde entra Blair a defender una posición que, una vez más, ya había sido adoptada en la Europa continental con anterioridad: el individuo per se, como algo absolutamente independiente de la sociedad en la que vive y desarrolla su actividad, es una pura entelequia; pero precisamente debido a la presencia de una conciencia individual en el ser humano que no existe en otros animales, tampoco es conveniente proponer su sometimiento a la comunidad. No queda, pues, más remedio que optar por un camino intermedio siempre bien difícil de concretar. Podemos llamar a esto Tercera Vía, socialismo liberal, socialdemocracia o lo que se quiera, pero me parece evidente que es la mejor opción posible. Se trata, además, de una opción también adoptada por la democracia cristiana.

La izquierda y la idea de excelencia.

La antipatía de la izquierda por el concepto de excelencia ya se ha convertido casi en un lugar común. Casi tanto como la asunción de que nuestras sociedades desarrolladas se están democratizando (en el sentido orteguiano de entregar el poder a las masas) a costa de deshacer las estructuras de una sociedad supuestamente basada en el mérito. Nunca he tenido muy claro de dónde viene esta asunción, la verdad sea dicha. Supongo que su procedencia no es otra sino el prejuicio ideológico de que la sociedad aristocrática que nos precedió estaba realmente basada en el mérito o en la "clase" (esto es, el estilo, el buen hacer y estar) de cada uno. Así, frente a una estructura social claramente elitista donde tan sólo unos cuantos llevaban la voz cantante en todos los asuntos de importancia, surgió en el siglo XX la sociedad de masas que tanto detestaba Ortega. O, para ponerlo de otra forma algo más ilustrativa, se alega que sustituimos a Bach y Mozart por los Beatles y Rodolfo Chikilicuatre. Esta es precisamente la idea que tenía el padre de Blair, según leemos, y que tuvo cierta influencia en su modo de entender el laborismo:

"Aprendí mucho de mi padre sobre los motivos por los que la gente no votaba a los laboristas (...). Mi padre había sido acogido en una familia pobre; era un chico de clase obrera que se volvió conservador. ¿Y por qué se volvió conservador? Porque, como solía decirme, 'los laboristas nos frenan, no quieren que triunfemos, no quieren que prosperemos'. Todas esas cosas fueron influencias normativas para mí. Creo que uno de los legados de esas lecciones de infancia fue que tengo una serie de valores muy, muy fuertes, pero pocas presunciones sobre cómo deben trasladarse esos valores a la práctica".

(Stephens: p. 57)

Yo, por mi parte, no lo tengo tan claro. Fundamentalmente, como decía algo más arriba, esa queja contra los ataques a la excelencia la he oído aplicada no sólo a la izquierda sino a la sociedad contemporánea en su conjunto. Aún recuerdo cuando, cursando los estudios de COU, un profesor mío de Latín y Filosofía (ex-seminarista, por más señas) se quejaba precisamente de lo mismo. ¡Y esto fue mucho antes de la tan denostada LOGSE, a la que muchos parecen culpar del fin de los tiempos! No creo que el problema como tal sea una reacción de odio hacia la excelencia, como se nos dice, pues dicho comportamiento no parece prevalecer para nada en ciertas esferas de nuestra vida (por ejemplo, en el deporte o en el mundo de los negocios). Por el contrario, lo que se aduce es más bien una despreocupación generalizada por ciertos aspectos considerados más intelectuales o "serios" (ciencia, filosofía, humanidades, cultura generalm, etc.), y no me parece que dicha crítica sea justa tampoco. ¿Acaso alguien cree que antes había más gente interesada en estos temas? Lo que sí sucede es que nuestra visión de cómo era esa sociedad pasada está claramente distorsionada, puesto que la documentación que nos ha llegado de esa época es precisamente la que fue elaborada por las clases privilegiadas y educadas, es decir, la élite. El resto de los testimonios no nos han llegado o los desconocemos casi por completo porque no nos parecen merecedores de interés. Pero hay que ser demasiado inocente para pensar que hace cien o doscientos años el nivel de cultura general entre la población era mayor que hoy o siquiera que se leía más a los clásicos de lo que se les lee hoy. ¡Ya está bien de nostalgias!

miércoles, 4 de junio de 2008

Igualdad y cristianismo.

Según leo, las convicciones cristianas de Blair también tuvieron una enorme influencia en su forma de entender el concepto de igualdad:
Él ofrecía una perspectiva diferente de la igualdad. Afirmaba que el ideal es esencial para el cristianismo porque, como dicen los evangelios, todos los seres humanos son iguales a los ojos de Dios. "Pero esto no significa que seamos uniformes en posición o carácter, sino más bien que, a pesar de nuestras diferencias, tenemos derecho a ser tratados igualitariamente, sin tener en cuenta la riqueza, la raza, el sexo o la posición social. Todos debemos tener la oportunidad de realizarnos al máximo".

(Stephens: p. 41)

Se trata, en definitiva, de la igualdad de oportunidades, que se contrapone tanto a las convicciones neoliberales y afirmadoras de la desigualdad "natural" como al igualitarismo finalista de posiciones políticas de la izquierda tradicional. En este sentido, el concepto blairiano de igualdad es perfectamente compatible con la tradición socialdemócrata y democristiana de profundo arraigo en la Europa continental, y no lo es tanto con el liberal-conservadurismo thatcheriano, por más que él siempre se presentara como una superación cuasi-hegeliana (esto es, no por oposición, sino por síntesis) del thatcherismo. Supone, por consiguiente, creo yo, un acercamiento al modelo social europeo del que los británicos siempre se mantuvieron apartados. Tiene, pues, poco de extraño que Blair fuera también uno de los líderes políticos del Reino Unido más pro-europeos, un auténtico islote en un mar de euroescepticismo.

Influencia de Macmurray y el comunitarismo cristiano en Blair.

No me ha sorprendido nada leer que la vocación política de Tony Blair estuvo siempre unida, ya desde los comienzos, a una firme convicción cristiana. Esto no es nada extraño en el mundo anglosajón, donde uno puede encontrarse sin problemas a figuras bien representativas de la izquierda que compaginan su fe (casi siempre) cristiana con un íntimo anhelo de justicia social, algo que a nosotros nos resulta más bien extraño debido al histórico entramado de intereses políticos y económicos que casi siempre unió a la Iglesia con la élite de los poderosos por estos lares. Pues bien, según leo en el libro de Philip Stephens, la inspiración teológica de Blair siempre estuvo bastante cercana a la figura del pastor cuáquero y filósofo comunitarista John Macmurray (se puede encontrar un interesantísimo artículo sobre sus ideas aquí). Stephens pasa a hacer un breve resumen de la filosofía de Macmurray que merece la pena citar aquí:
Su idea principal era el concepto de comunidad: la creencia de que la realización personal depende de la asociación con otros y de la confianza. Macmurray desafió la visión entonces en boga de que las sociedades están totalmente definidas por los individuos que las componen. Argumentaba que la relación era precisamente la contraria: los individuos se forman por su relación con el resto de la comunidad en la que han crecido. La familia era fundamental para este modelo, porque ponía los cimientos para unas redes más amplias, de las que dependen las sociedades sólidas.

(Stephens: p. 36)

Se trata de la vieja reivindicación aristotélica del hombre como animal político (zoon politikon) que recorre el pensamiento político occidental desde sus inicios hasta nuestros días, al menos en su vertiente más socializante. Junto a esta corriente, existe también otra más centrada en el individuo, por supuesto, y que cobró una importancia destacada a raíz del éxito electoral de figuras como Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los años setenta y ochenta, y que pudo entenderse en buena medida como la necesaria reacción a lo que fueron ciertos excesos colectivistas de la izquierda, sobre todo en el caso británico. A finales de los setenta, estaba bien claro que el colectivismo soviético había fracasado (el final espectacular del experimento comunista no llegaría hasta 1989, pero ya hacia 1973 estaba bien claro que la URSS de Breznev distaba mucho de ser la solución a los problemas que el mundo tenía planteados), pero además se habían notado ya los primeros problemas serios con un Estado del Bienestar demasiado esclerotizado y burocratizado. En otras palabras, la década de los ochenta empujó a las sociedades occidentales en la dirección opuesta, hacia el individualismo exarcebado. Pues bien, el comunitarismo apareció en este contexto durante los noventa como un tercer camino entre los excesos del colectivismo sovietizante y del individualismo neoliberal. Tanto el movimiento de los New Democrats como el de New Labour han de interpretarse en este contexto y se tratan, en principio, de tendencias con las cuales me identifico. No obstante, aún he de dedicarle algo de tiempo al estudio de los autores comunitaristas y sus propuestas para hacerme una idea clara de cuál es mi posición con respecto a ellos, pues creo identificar en algunos de sus postulados una propensión a la política identitaria que no comparto para nada.

Tony Blair. La forja de un líder.


Hace ya unas semanas que inicié la lectura de este libro perteneciente a la Colección Biografías Vivas del diario ABC. El libro lo compré en la Cuesta de Moyano cuando viajé recientemente a Madrid para ver a unos amigos de la época de la Universidad. Costaba solamente un euro. ¿Quién iba a decir que no a esa ganga? Por cierto, que ya me gustaría a mí que hubiera una Cuesta de Moyano en Sevilla. Échale un vistazo a un video que alguien subió a YouTube aquí. Un auténtico paraíso para cualquier amante de los libros.

Nunca he sido muy aficionado a la lectura de biografías, la verdad sea dicha, pero cuando lo hago suele ser la de estadistas y políticos. No me interesa mucho la vida de las grandes figuras de los negocios, por no hablar de deportistas y estrellas de diverso pelaje... lo que no quiere decir que considere a ninguna de dichas actividades como "menores". Se trata, simplemente, de puro interés personal.

Ficha técnica:

Título: Tony Blair. La forja de un líder.
Autor: Philip Stephens.
Editorial: ABC/Ediciones Folio.
Edición: Madrid (España), 2005 (2004: original en inglés).
Páginas: 319, incluyendo bibliografía.
ISBN: 84-413-2089-6