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domingo, 21 de agosto de 2011

Desacralización y mundo moderno.

Una pregunta que guió toda la obra de Mircea Eliade:
¿Por qué, a medida que pasan los años, el mundo tiende a desacralizarse ante nuestra mirada?

(Antonio Colinas: Tratado de armonía, p. 42)

A nadie se le oculta que, efectivamente, la desacralización forma parte intrínseca de la Modernidad. La cuestión en plantearse si lo que ha dado en llamarse postmodernidad tiene la fuerza suficiente como para contrarrestar esos efectos o, por el contrario, como mantienen otros, no es sino una extensión de la Modernidad (de ahí, por cierto, su nombre). En cualquier caso, la desacralización del mundo es evidente. Y nótese, por cierto, que Colinas no se refiere al mero retroceso de las creencias religiosas, sino más bien al fin del misterio, de la poesía, de lo simbólico. En los últimos siglos hemos ido sustituyendo todo ello por la rutina, lo racional, lo empírico y cotidiano. Ahí hunde sus raíces el malestar contemporáneo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Religión, ética y costumbres en la Grecia clásica

Sobre el modo que tenían los antiguos griegos de entender la religión y la ética:
Nada me ha sorprendido más de los antiguos griegos que el hecho de constatar que les preocupaba mucho más la conducta moral, la ética y sus relaciones consigo mismos y con los otros que los problemas sexuales o religiosos. ¿En qué nos convertimos tras la muerte? ¿Qué son los dioses? Esas preguntas no tenían importancia alguna para ellos porque no estaban ligadas a la ética, y la ética a su vez no estaba ligada a un sistema legal. Por ejemplo, las leyes contra la mala conducta sexual eran escasas, por no decir inexistentes. Eso no les importaba demasiado, lo que de verdad les interesaba era la construcción de una moral que fuese en realidad una estética de la existencia.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, pp. 323-324)

No sé hasta qué punto todo esto pueda ser cierto, aunque sin duda algo de verdad hay en ello. La religión de la Grecia clásica (o de la Roma antigua, igualmente) era demasiado ambigua, abierta y tolerante. Le faltaba lo que quizá le sobra a las grandes religiones monoteístas: un sólido corpus doctrinario. La humanidad pasó de concebir la religión como conjunto de historias para dar sentido a la existencia a construir una religión como credo dogmático, como sistema de creencias indubitables que imponer a los demás. Dudo mucho que hayamos ganado nada con dar ese paso, salvo quizá en lo que respecta a sentir una mayor seguridad en nuestra fe (con todo lo que ello conlleva de puerta a la intolerancia).

jueves, 24 de junio de 2010

Inocencia infantil frente a dogmatismo religioso.

Como siempre sucede, la ingenuidad infantil choca frontalmente con el dogmatismo cerril, ya sea político o religioso, de muchos adultos. Müller nos narra un episodio que bien podría haberse dado en muchos otros lugares hace tan sólo unas cuantas décadas:
La Madre de Dios tenía siempre el dedo índice levantado cuando yo me sentaba delante, en el banco de los niños. Pero la expresión de su rostro era amable, y yo no le tenía miedo. Todo el tiempo llevaba el mismo vestido largo azul claro y tenía unos labios rojos muy bonitos Y un día que el cura dijo que los lápices de labios se hacen con sangre de pulga y de otros bichos repugnantes, me pregunté por qué la Madre de Dios que había en el altar lateral se pintaría los labios. También se lo pregunté al cura, que me golpeó las manos con su regla hasta ponérmelas rojas y me mandón en seguida a casa. Estuve varios días sin poder mover los dedos.

(Herta Müller: En tierras bajas, p. 65).

¿Quién no ha vivido u oído una cosa similar en esta España que hasta hace bien poco fue nacionalcatólica? Puedo uno hasta imaginarse el resto del episodio, incluidas las carcajadas del resto de chavales y la vergüenza del cura al sentir que su autoridad había sido puesta en cuestión por una simple mocosa. Por cierto, que se pregunta uno sobre la carga subversiva de la risa, sobre todo cuando se trata de risa colectiva. Estoy convencido de que en una situación como ésta la reacción sería muy distinta si el resto de chavales no rieran la gracia de la pregunta. Luego lo que preocupa al cura (o, en otras circunstancias, al profesor, al político, al padre o a la madre) no es tanto la ingenua pregunta como la reacción de hilaridad del resto del grupo. Es esa risa la que se siente como amenazadora, la que parece poner en duda la autoridad de uno. Tiene poco de extraño, pues, que el humor haya sido siempre tan problemático en cualquier régimen dictatorial.

lunes, 14 de julio de 2008

Otra visión de los Evangelios.

Mendoza nos ofrece una visión alternativa de los Evangelios, una visión más abierta y tolerante, más humana. Lo hace, por supuesto, de forma paródica. No se lo toma en serio. Simplemente deja caer la posibilidad de que la Sagrada Familia fuera mucho más humana de lo que habitualmente se piensa, y la verdad es que, al menos en mi caso, el retrato me parece mucho más rico y atractivo. Así, tras dejar a Jesús en casa de Zara, la prostituta de Nazaret, Pomponio se encuentra a José:
Me acerco a él, me reconoce y me pregunta por qué no está conmigo su hijo Jesús. Le tranquilizo al respecto, diciéndole que lo he dejado muy bien acompañado en un lupanar.

Me parece una buena idea —dice José—. Soy tolerante en grado sumo y cualquier cosa me parece preferible a que mi hijo presencie el espectáculo que estoy a punto de dar [le van a ejecutar, acusado del asesinato del rico Epulón]. A partir de ahora deberá ingeniárselas por su cuenta y cuanto antes aprenda cómo funciona este mundo, mejor le irá en él.

(Mendoza: p. 69)

No sólo resulta cómico leer dicho diálogo, sino que seguramente no faltará quien lo considere blasfemo, sobre todo entre los cristianos más ortodoxos y dogmáticos. Pero la Sagrada Familia que nos retrata Mendoza es así, humana, muy humana. Tienen una fe firme en Dios, pero ello no quita para que también sepan disfrutar de la vida y mostrarse tolerantes y comprensivos ante los defectos de la gente. Personalmente, pienso que se trata de un retrato mucho más fiel y consistente que el que suele provenir del integrismo religioso.

Por supuesto, algunas de las mejores muestras de humor relacionado con los Evangelios y la Sagrada Familia se producen gracias a la complicidad entre el lector y el autor, pues aunque Pomponio no era consciente de la significancia histórica de los personajes con quienes se estaba relacionando nosotros sí que sabemos perfectamente en qué terminarán las correrías del pequeño Jesús. Así, cuando Pomponio y Jesús se dirigen a la carrera hacia algún sitio y el gaseoso ciudadano romano irremediablemente se queda atrás, Jesús le tira del faldón para que se dé prisa y Pomponio responde así:
Cuando seas mayor —le dije—, ya verás tú lo que es ir por un camino empinado sin que te den respiro.

(Mendoza: p. 114).

Por no hablar de este otro ejemplo hacia el principio del libro:
Mira, Jesús, todos los niños de tu edad creen que sus padres son distintos al resto de las personas. Pero no es así. Cuando crezcas descubrirás que tu padre no tiene nada de especial.

(Mendoza: pp. 28-29)

viernes, 11 de julio de 2008

Reflexiones sobre el pueblo judío.

Reflexiones que Eduardo Mendoza pone en boca de Pomponio Flato y que seguramente le valdrán ser acusado de anti-semitismo (por desgracia, sucede a menudo que cualquer crítica de la cultura judía o las políticas de Israel es automáticamente descalificada de esta forma). Nótese la similitud de sus comentarios con lo que alguien podría escribir hoy en día acerca de los fundamentalistas islámicos:
Aunque su cultura es antigua y el país se encuentra en medio de grandes civilizaciones, los judíos siempre han vivido de espaldas a sus vecinos, hacia los que profesan una abierta inquina y a quienes atacarían de inmediato si no estuvieran en franca inferioridad de condiciones. Rudos, fieros, desconfiados, cerrados a la lógica, refractarios a cualquier influencia, andan enzarzados en perpetua guerra, a veces contra enemigos externos, otras entre sí y siempre contra Roma, pues, a diferencia de las demás provincias y reinos del Imperio, se niegan a aceptar la dominación romana y rechazan los beneficios que ésta comporta, a saber, la paz, la prosperidad y la justicia. Y esto no es por un sentimiento indomable de independencia, como ocurre con los bretones y otros bárbaros, sino por motivos estrictamente religiosos.

Por extraño y cicatero que parezca, los judíos creen en un solo dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria. De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones. Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad del empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no sólo es el mejor, sino el único que existe. Como tal, no ha de imponer a ningún otro dios ni su fuerza ni su razón y, en consecuencia, obra según su capricho o, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es impacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas. Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber ingringido leyes que él les dio. Estas leyes, en su origen, eran pocas y consuetudinarias: no matar, no robar, etcétera. Pero andando el tiempo, a su dios le entró una verdadera manía legislativa y en la actualidad el cuerpo jurídico constituye un galimatías tan inextricable y minucioso que es imposible no incurrir en falta continuamente. Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados, ni menos contradictorios que el resto de los mortales. Sí son, comparados con otras gentes, más morigerados en sus costumbres. Rechazan muchos alimentos, reprueban el abuso del vino y las sustancias tóxicas y, por raro que suene, no son proclives a darse por el culo, ni siquiera entre amigos.

Hasta hace unos años, las cuatro partes de Palestina estuvieron unidas bajo un solo rey, hombre admirable y decidido partidario de Roma, pero a su muerte estallaron conflictos sucesorios y Augusto, para evitar enfrentamiento, dividió el país entre los tres hijos del difunto. Al que correspondió esta parte de Palestina se llama Antipas, pero al acceder al poder unió a su nombre el de su ilustre padre, por lo cual se hace llamar Herodes Antipas. Es, a juicio de mi informante, un individuo astuto, pero de carácter débil, por lo que se ve precisado a recurrir constantemente a las autoridades romanas para hacerse respetar por su pueblo. De este modo lo mantiene a raya, pero a costa de una impopularidad que va en aumento a medida que pasan los años. Con el pretexto más nimio podría producirse un levantamiento y, de hecho, raro es el mes en que no surge un foco de rebelión, como el que motivó la intervención de Liviano Malio y los legionarios en cuya compañía he viajado hasta ahora. Por fortuna, estos disturbios son aislados, efímeros y fáciles de sofocar, ya que es difícil que los judíos se pongan de acuerdo y unan sus esfuerzos. Los partidarios más acérrimos de la rebelión son los sacerdotes, que se dicen intérpretes de la palabra de Dios, pero su misma condición de sacerdotes los hace de natural holgazanes, acomodaticios y propensos a estar a bien con el poder. Aun así, caldean los ánimos con sus discursos y de cuando en cuando prometen la venida de un enviado de Dios que conducirá al pueblo judío a la victoria definitiva sobre sus enemigos ancestrales. Esta profecía, común a todos los pueblos bárbaros oprimidos, ha calado hondo en esta tierra levantisca, por lo que a menudo aparecen impostores que se arrogan el título de Mesías, como aquí llaman al presunto salvador de la patria. Con éstos Roma actúa de modo expeditivo.

(Mendoza: pp. 19-22)

La verdad, prácticamente todo lo que que indica Mendoza suena a mis oídos como críticas razonables a la ortodoxia judía —de hecho, casi todo puede aplicarse igualmente a cualquier otra ortodoxia religiosa, sea cristiana, musulmana o de otra denominación. Elementos como el dogmatismo, la cerrazón, la arrogancia, el excesivo celo moralizante y el chauvinismo excluyente no son, por desgracia, privativos de tal o cual cultura, tal o cual religión, tal o cual ideología o filosofía política en particular. Por consiguiente, a la vista de ello, más vale estar siempre en guardia para evitar caer en estas actitudes.

Creencias de los árabes antes de la aparición del Islam.

Al poco de empezar el libro, tuve que señalar el siguiente párrafo con un signo de interrogación, pues no estaba seguro de qué hablaba Mendoza:
Como todos los nabateos, adoran a Hubal, a quien a veces llaman también Alá, y a las tres hijas de éste, que también consideran diosas, aunque de menor rango. Rezan todos juntos al empezar y al acabar el día, postrándose en la dirección en que, según sus cálculos, está Jerusalén.

(Mendoza: p. 10)

Poco después de leer esas líneas, observé que la novela incluye también unas notas aclaratorias al final en las que el autor nos advierte de que, si bien la historia es claramente ficticia,

...buena parte de los hechos que se mencionan provienen de escritos o tradiciones antiguos, algunos de los cualos señalo ahora por desea conocerlos el curioso o el aficionado a estos temas.

(Mendoza: p. 187)

Sin saber con total seguridad si Mendoza está en lo cierto respecto a este tema, me parece interesante observar, no obstante, cómo las religiones se han ido adaptando a las creencias que ya existían en aquellas sociedades donde se han ido extendiendo e imponiendo gradualmente. Se trata de un comportamiento sin duda muy humano, algo que siempre ha caracterizado a todas las sociedades, pero que a menudo olvidamos cuando hablamos de las diferentes religiones (sobre todo las monoteístas) como si se tratase de corpus ideológicos monolíticos.