martes 3 de noviembre de 2009

La transferencia de tecnología y los obstáculos al desarrollo.

Buena parte de las teorías del desarrollo capitalista se han fundado en la idea de que es posible fomentar la transferencia de conocimiento técnico y científico (incluyendo, entre otras cosas, el conocimiento de los mecanismos de producción y todos los saberes relacionados con éstos). Sin embargo, Sacristán apunta la dificultad de transferir dichos conocimientos:
...los discursos sobre transferencia son bastante vacíos, porque la operación así mentada es en rigor imposible, ya que toda ciencia ha de arraigar profundamente en la sociedad que la cultiva.

(Manuel Sacristán: p. 39).
Mucho me temo, sin embargo, que Sacristán no se ajusta a los hechos. La transferencia de tecnología y los conocimientos técnicos y científicos puede ser bien difícil, qué duda cabe, pero no imposible. De hecho, se ha producido en diversos momentos históricos: el Japón de la Restauración Meiji durante el siglo XIX, por ejemplo, o el increíble proceso de modernización protagonizado por Taiwan o Corea del Sur en la segunda mitad del siglo XX. Tanto uno como otro suponen, sin duda, ejemplos de desarrollo económico claramente opuestos a las predicciones del pensamiento marxista ortodoxo. Es por ello, quizá, que Sacristán prefiere barrerlos bajo la alfombra. Si acaso, el problema me parece que debe ser planteado de una forma completamente diferente: en primer lugar, no todos los países subdesarrollados podrán seguir el ejemplo japonés o surcoreano; pero, segundo, buena parte de la transferencia de conocimiento que se está produciendo desde que se relanzara con todo vigor el proceso de globalización del capitalismo una vez desaparecido el bloque soviético va de la mano de la implantación de grandes multinacionales en dichos territorios, en lugar de consistir en el desarrollo de un capitalismo propiamente nativo. Cierto, países como China o la India han vivido un periodo de vigoroso desarrollo económico, pero otro tanto cabe decir de México hasta mediados o finales de los años noventa, pero en cuanto la mano de obra mexicana se encareció y se pudieron encontrar mercados laborales más baratos y flexibles que además ofrecían la promesa de convertirse también un mercados de consumo de enorme poder adquisitivo (es decir, la India y China), el capital de los países desarrollados no tuvo problema alguno abandonando al amigo mexicano para invertir en otros lares. ¿Quién garantiza que lo mismo no sucederá en China y la India? Quizá la cuestión no es tanto si la transferencia de tecnología es posible o no, sino más bien si los cambios que dicha transferencia pueda introducir en la estructura económica de los países en desarrollo van a mantenerse a largo plazo o, por el contrario, el capital internacional va a optar simplemente por trasladarse a un nuevo mercado en busca de costes laborales aún inferiores.

lunes 2 de noviembre de 2009

Pacifismo y comunismo.

Hay que reconocerle a Sacristán su honestidad intelectual, al menos en lo que respecta a su disponibilidad para plantearse cuestiones que, en principio, poca gente está dispuesta siquiera a considerar dentro de la izquierda comunista. Por ejemplo, en 1981 se plantea la siguiente cuestión con respecto al pacifismo:
Lo diré provocativamente puesto que se trata de provocar a la discusión: si la III Internacional o Gandhi. Sin duda Gandhi no ha conseguido una India artesana, pero la III Internacional tampoco ha conseguido un mundo socialista, de modo que por ahí se andan, tal vez, y en todo caso el aprovechamiento de la lección de Gandhi debería servir de verdad para potenciar a la larga políticamente los movimientos alternativos, los pequeños núcleos marginales o no tan marginales que existen, consiguiendo hacer un puente entre ellos y el grueso del movimiento obrero, al que considero de todos modos el protagonista principal.

(Manuel Sacristán: p. 29)
Puedo uno imaginar la reacción de muchos comunistas esa época, en la que tan recurridas eran las acusaciones de traición y aburguesamiento.

¿Es posible el reformismo ecológico?

No puede sorprender que Manuel Sacristán, un comunista reconocido, esté en claro desacuerdo con el reformismo socialdemócrata, desde luego. Siguiendo la tradición marxista, ve el capitalismo como un sistema esencialmente contradictorio no ya con la justicia social o el desarrollo más o menos igualitario de las naciones, sino incluso con la propia preservación de la naturaleza:
No es posibe conseguir mediante reformas que se convierta en amigo de la Tierra un sistema cuya dinámica esencial es la depredación creciente e irreversible. Por eso lo razonablemente reformista es, también en esto, irracional.

(Manuel Sacristán: pp. 20-21).
La opción, para él, está bien clara: socialismo o barbarie. En esto no puede haber medias tintas. Ni puede existir un eco-capitalismo que se le antoja incluso más utópico que el socialismo, ni tampoco le parece pensable una salida meramente tecnológica al problema. En este sentido, Sacristán hubiera adoptado una actitud claramente escéptica ante los llamamientos de Obama a apostar por las energías renovables. No se hubiera opuesto a la política en sí, por supuesto, pero sí que le hubiera parecido impensable que el sistema capitalista fuera capaz de llevar a cabo una reestructuración real y profunda de su política energética. Sencillamente, apuntaría que los intereses de las grandes multinacionales acabarían por imponerse a las buenas intenciones de cualquier Administración. El problema, claro está, es que las cosas no son siempre tan nítidas. No va a ser la primera vez que el capitalismo acierta a adaptarse a las nuevas circunstancias. De hecho, si algo quedó claro durante el tumultuoso siglo XX es, precisamente, que el capitalismo tiene mucha más capacidad de adaptación de la que sus enemigos jamás imaginaron. Y ello sin entrar a analizar el hecho incontrovertible de que los sistemas del socialismo real fueron, en lo que respecta a su relación con el medio ambiente, tan contaminantes o más que el capitalismo "depredador". La filosofía productivista no es patrimonio sólo del capitalismo.

domingo 1 de noviembre de 2009

Los límites al crecimiento y el economicismo de izquierdas.

A partir de los informes del Club de Roma, no son pocos quienes en el seno de la izquierda comienzan a adquirir lentamente conciencia de los llamados límites al crecimiento. Manuel Sacristán es precisamente uno de los primeros intelectuales comunistas que aciertan a ver esta tendencia y se esfuerza por integrarla dentro del marco teórico marxista y comunista. Así, en un momento en el que la izquierda tradicional (tanto comunista como socialista, todo hay que decirlo) aún está claramente dominada por las preocupaciones fundamentalmente economicistas de antaño, Sacristán advierte ya en 1979:
Por el modo como hemos aprendido finalmente a mirar a la Tierra, sabemos que el agente [revolucionario] no puede tener por tarea fundamental el "liberar las fuerzas productivas de la sociedad" suspuestamente aherrojadas por el capitalismo.

(Manuel Sacristán: p. 15)

La tradición marxista consistía en prometer una alternative incluso más eficiente económicamente que el capitalismo. No olvidemos la fanfarronada de Kruschev advirtiendo al capitalismo occidental a principios de los sesenta que la URSS pronto les superaría en todos los frentes, incluido el de la mera producción de bienes. La alternativa soviética, pues, no parecía consistir tanto en una forma distinta de hacer las cosas como en la promesa de mayor producción, mayor consumo y, eso sí, mayor justicia social. Pero la filosofía productivista que subyace a la ideología capitalista se mantiene firme. Esto es precisamente lo que pone en solfa Sacristán a finales de los setenta, lo cual tiene su mérito, pues no sería hasta la década de los ochenta cuando este tipo de preocupaciones centrada en la crisis ecológica llegue (y, aun entonces, muy débilmente) a nuestro país. Ahí sí que hay que reconocerle a Sacristán, cuando menos, su capacidad para pensar como un intelectual avant la lettre, lo cual no es moco de pavo para un país como el nuestro, tradicionalmente a remolque de lo que ha ido sucediendo en otros lugares.

sábado 31 de octubre de 2009

Pacifismo, ecologismo y política alternativa


Incluido en la colección de pensamiento crítico del diario Público (iniciativa, por cierto, innovadora y encomiable), este volumen recoge una serie de ensayos escritos por Manuel Sacristán entre 1979 y 1985 sobre los temas mencionados en el título mismo: ecologismo, pacifismo, marxismo, asuntos y debates internos del PCE y el PSUC, la situación general de la izquierda en España, etc. Aunque se trata de un libro claramente situado en la tradición marxista, que no es la mía, merece la pena no obstante leerlo por algunas de las reflexiones que hace el autor sobre temas que todavía nos ocupan, sobre todo en lo que respecta a la naturaleza intrínseca del sistema capitalista como un régimen de explotación despiadada del medio ambiente capaz de reificar hasta las propias relaciones humanas.

Ficha técnica:
Título: Pacifismo, ecologismo y política alternativa.
Autor: Manuel Sacristán.
Editorial: Icaria Editorial/Diario Público.
Edición: edición especial de diario Público, Madrid, octubre 2009 (1985).
Páginas: 270 páginas.
ISBN: 437008-877778

viernes 16 de octubre de 2009

The truth about the deliberations on the Senate floor.

Here is another topic that we tend to idealize. Who has not heard those paeans about how the Senate of the past, unlike that of today, truly made it possible to hold meaningful debates where one could change the Senators' minds? Now, did that truly ever happen, especially in modern times? I seriously doubt it. The legislative process is long, far loner than most citizens (especially those who never get involved in politics, who are the majority) imagine. The decisions are not truly made on the Senate floor, but rather in innumerable meetings and negotiations that take place behind the curtains. What we see on our TV is just the final staging of the whole process. Little else. As Obama explains:
...my colleagues and I don't spend much time on the Senate floor. Most of the decisions —about what bills to call and when to call them, about how amendments will be handled and how uncooperative senators will be made to cooperate— have been worked out well in advance by the majority leader, the relevant committee chairman, their staffs, and (depending on the degree of controversy involved and the magnanimity of the Republican handling the bill) their Democratic counterparts. By the time we reach the floor and the clerk starts calling the roll, each of the senators will have determined —in consultation with his or her staff, caucus leader, preferred lobbysts, interest groups, constituent mail, and ideological leanings— just how to position himself on the issue.

(Barack Obama: p. 14)

However, the important thing to notice here is that it is actually good that things happen this way. Why? First of all, because any piece of legislation is negotiated between the different parties involved, which means that the interests of different sections of the citizenry will be taken into account, therefore improving the process in the sense of making it more democratic. But, second, because it guarantees that the decisions are made over a period of time that is long enough to incorporate other elements into the process (input from the interest groups involved and affected by the piece of legislation at hand, feedback from the constituents, the point of view of the opponents and possible ways to work them into the final law...). Sure, the system is imperfect, but still much better than anything else human beings ever devised in the past. Or, to put it in very clear terms: once again, the perfect deliberation that so many people have in mind, where each and every legislator intervenes to present his or her point of view and listen to that of the others, adapting the final vote to what is discussed on the floor, is purely theoretical. It doesn't exist and never did exist... thank goodness. For, as I explain, neither the regular citizens nor the different organizations and interest groups representing them would ever have a say in such a "perfect" system.

jueves 15 de octubre de 2009

A well entrenched cynicism towards politics & public service.

Obama starts his book telling us about the cynical attitude that many Americans adopt when discussing politics:
It's been almost ten years since I first ran for political office. I was thirty-five at the time, four years out of law school, recently married, and generally impatient with life. A seat in the Illinois legislature had opened up, and several friends suggested that I run, thinking that my work as a civil rights lawyer, and contacts from my days as a community organizer, would make me a viable candidate. After discussing it with my wife, I entered the race and proceeded to do what every first-time candidate does: I talked to anyone who would listen. I went to block club meetings and church socials, beauty shops and barbershops. If two guys were standing on a corner, I would cross the street to hand them campaign literature. And everywhere I went, I'd get some version of the same two questions.

"Where'd you get that funny name?"

And then: "You seem like a nice enough guy. Why do you want to go into something dirty and nasty like politics?"

I was familiar with the question, a variant on the questions asked of me years earlier, when I'd first arrived in Chicago to work in low-income neighborhoods. It signaled a cynicism not simply with politics but with the very notion of a public life, a cynicism that —at least in the South Side neighborhoods I sought to represent— had been nourished by a generation of broken promises. In response, I would usually smile and nod and say that I understood the skepticism, but that there was —and always had been— another tradition to politics, a tradition that stretched from the days of the country's founding to the glory of the civil rights movement, a tradition based on the simple idea that we have a stake in one another, and that what binds us together is greater than what drives us apart, and that if enough people believe in the truth of that proposition and act on it, then we might not solve every problem, but we can get something meaningful done.

(Barack Obama: pp. 1-2)

It's not something limited to the US, of course. Most Europeans view politics (not to talk of the politicians themselves) with the very same cynicism. Is it something new? Is this cynicism something that identifies our era, as many argue? I'm not so sure about it. We always hear of a past when things were supposedly better, people more straightforward and honest. However, it only takes a quick trip to the archives to see the letters to the editor from thirty, forty, sixty years ago. They dealt with the very same issues. They displayed the very same missaprehension towards politicians and businessmen, always considered the self-serving elite. My feeling is that there never was a golden age of politics, where our politicians were all humble statesmen who gave their lives away to serve the people. That is always an interpretation we make afterwards, years later, decades later even, way after the facts. On the spot, when it truly matters, a sizable chunk of citizens (perhaps the majority) always felt skeptical about their leaders. That's not news, I think. In that sense, there is no need to be overly pessimistic about it either. We are not going downhill, as some might have it.

The Audacity of Hope. Thoughts on Reclaiming the American Dream.

Second book written by Barack Obama, and number one on the New York Times' and Amazon's best-seller lists. Obama deals with most of the issues that would later become the central piece of his campaign to win the American Presidency in 2008: the divide between Republicans and Democrats, often considered to be artificial by Obama; what he considers to be the most important American values; his interpretation of the US Constitution; issues of faith, race and opportunity, etc. All in all, the book can be read as a political manifesto of sorts, a summary of the platform Barack Obama would later run on in 2008.


Technical description:
Title: The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream.
Author: Barack Obama.
Publisher: Three Rivers Press.
Edition: first paperback edition, New York (USA), 2006.
Pages: 375 pages, including index.
ISBN: 978-0-307-23770-5

sábado 10 de octubre de 2009

Creatures with a thousand names.

Again, very much in the postmodern tradition, parts of Vurt read like an ancient Zen scroll with its difficult to understand metaphores about reality:
Beyond all this lies the FIFTH LEVEL. Fifth level beings have a thousand names, but Robomandogshadowvurt isn't one of them. They have a thousand names because everybody calls them something different. Call them what you like —you're never going to meet one. Fifth level beings are way up the scale of knowledge and they don't like to mingle. Maybe they don't even exist.

(Jeff Noon: p. 266)

Who are these beings then? They exist in the Vurt, sure. We know that much. But do they just live there or do they also have existence on this other side of reality? Because, once we start playing with the notion of virtual reality, that's precisely one of the problems: where do we draw the line? How do we distinguish what is real from what is not anymore? In the end, reality cannot be named. Or, to put it a different way, all its entities have a myriad of names (i.e., many different identities that coexist in one "being"). All this connects more with old Zen and Taoist concepts than with our own Western philosophical tradition, bent on building castles in the air since its very beginnings (long-lasting ideas that belong in the realm of metaphysics, where things supposedly remain as they truly are, unchanged and perfect. In other words, a chimera.

lunes 5 de octubre de 2009

The real meaning of virtual reality: it has no meaning

Interesting conversation between Tristan and Scribb over the meaning of it all:
"Don't get involved, Scribb. Some crazy religion, that's all. They think Vurt's more than it is, you know? Like it's some higher way or something. It's not. Vurt is just collective dreamings. That's all. Christ! Isn't that enough for them?"

(Jeff Noon: p. 220)

No, there is nothing special behind it. No hidden reality. No deep knowledge. No supernatural experience. It's all made up. It's a collective dream. A collective work of art that we all create at the same time. And yet, isn't that fascinating enough? Doesn't that prove our power to create new realities, new worlds without a need to go further beyond what is there? What need is there to invent a religion to explain it all?

It's all very postmodern, actually. In that sense, Vurt is a clear member of the cyberpunk tradition invented by William Gibson and others.

martes 29 de septiembre de 2009

A nice detail.

I know it's a little detail, something without much importance. However, I did like the sentence that appears right before the first page of the story with the following sentence:
A young boy puts a feather into his mouth...

The last sentence of the book is:
...a young boy takes a feather out of his mouth.

It provides for some consistency and sense of closure. As I said, I know it's not important at all. It's a little detail but... I liked it.

domingo 27 de septiembre de 2009

Feathers?

I find it quite strange that Jeff Noon resorted to such a low-tech mechanism as feathers to allow the access to a virtual world. It just feels weird. It's difficult to visualize that in a future where humans can immerse themselves in an alternate reality, the tool used to do is just color-coded feathers (?!). Wouldn't it make more sense to "jack into" the virtual world, literally, by using a plug inserted into our bodies? Heck, if one chooses to go the low-tech route, even pills would have been a better choice, I think.

sábado 26 de septiembre de 2009

Vurt


A science fiction novel written by British author Jeff Noon that won the Arthur C. Clarke Award in 1994. The book tells the story of Scribble and his gang, the Stash Riders, as they search for his missing sister (and lover), Desdemona. Set in an imaginary version of Manchester, in a society that revolves around Vurt, a hallucinogenic shared reality that can be accessed by sucking on color-coded feathers.

It has been somehow compared to William Gibson's famous Neuromancer novel, which popularized the science fiction genre known as cyberpunk. Nevertheless, other reviews chose to emphasize its implausible science and "wild and kaleidoscopic" yet unsatisfying plot.

Technical description:
Title: Vurt.
Author: Jeff Noon.
Publisher: St. Martin's Griffin.
Edition: New York (USA), 1993.
Pages: 342 pages.
ISBN: 978-0-312-14144-8

martes 18 de agosto de 2009

Breve selección de haikus.

Ahí quedan otros cuantos ejemplos de la maravillosa simplicidad lacónica del haiku:

Lo simple y delicado, aunque bello:
Revolotea
la mariposa amarilla
sobre el agua.

(Masaoka Shiki: Haijin: p. 33)

Lo efímero de la belleza en toda su fragilidad:
La camelia,
plenamente florecida,
es ya fea.

(Takahami Kyooshi: Haijin, p. 37)

La ternura de la pareja de recién casados:
Primavera
junto a la almohada.
Mi esposa apaga la luz.

(Hino Shoojoo: Haijin, p. 43)

También lo cómico y ligero tiene lugar en la poesía del haiku:
Si a la luna llena
le ponemos un mango:
¡qué buen abanico!

(Yamazaki Sookan: Haijin, p. 49)

Preciosa imagen de soledad nocturna:
Noche de luna.
Sale el grillo
y canta en la piedra.

(Chiyojo: Haijin, p. 76)

Y, por último, la crudeza del gélido invierno:
¡Esta será
mi última casa!
Metro y medio de nieve.

(Kobayashi Issa: Haijin, p. 98)

lunes 17 de agosto de 2009

Una estrategia para el despegue.

Y llegamos por fin a las últimas páginas del libro, donde Rojas-Marcos adelanta un esbozo de solución a los problemas que ha ido describiendo en las páginas precedentes:
Ante esta situación general, la solidaridad que precisa Andalucía no se circunscribe sólo a transferencias de renta. La política exclusiva de subvenciones y ayudas no hace más que retrasar nuestro desarrollo...

Lo que necesitamos es corregir el desequilibrio territorial básico, la desigualdad en los factores clave de generación de riqueza: educación, infraestructuras -especialmente de comunicación- y tejido empresarial innovador autóctono. Necesitamos llegar a ser una economía productiva con dinamismo propio, no subsidiada ni marginal.

Más allá de estas consideraciones, en el fondo de esta desigualdad se esconde la causa última que sólo nosotros podemos remediar: la falta de ambición, algo que nadie puede prestarnos.

(Alejandro Rojas-Marcos: p. 129)

Una vez más, tampoco se trata de nada nuevo. Que el mero subsidio no es la solución a nuestros problemas, ¿quién lo pone en duda? ¿Significa eso que debiéramos renunciar a las ayudas del Estado y la Unión Europea? Los andalucistas desde luego serían los primeros en poner el grito en el cielo y sacar a la palestra el concepto de solidaridad. ¿Qué hacer, pues? Cierto, tenemos que transformar nuestra estructura económica y social, dice Rojas-Marcos. Debemos pasar por una transición que nos permita reducir el peso de los sectores tradicionales de nuestra economía (agricultura, turismo...) y fomentar aquellos otros sectores donde se crea mayor valor añadido. Estupendo. Una vez más, ahí creo que estamos todos. El problema, por supuesto, es cómo hacerlo, y ahí es donde Rojas-Marcos tiene bien poco que ofrecer, salvo unas cuantas recetas genéricas que ya conocemos todos sobradamente. Habla de "una intervención pública deliberada" para fomentar el paso de un modelo económico al otro, movilizando recursos, seleccionando a aquellos individuos con mayor talento y exigiendo calidad. En fin, un magnífico listado de generalidades que seguramente sonarán bien a todos los andaluces y andaluzas, pero que no entra jamás a exponer ideas concretas.

Peor aún, Rojas-Marcos parece ignorar que dicha transformación de nuestra estructura económica tendrá inevitablemente consecuencias sociales, generando unos ganadores y unos perdedores claros. ¿Cómo piensa él afrontar ese otro problema? ¿Qué sucederá con la Andalucía rural, la que tanto tiene invertido en el sector de la agricultura? ¿Y qué decir de los efectos que dicha transformación pueda tener en nuestra identidad, que en un principio debiera ser algo de vital importancia para un nacionalista como él?
Yo no tengo problema alguno con el programa que expone, pero él parece obviar no sólo las dificultades para llevarlo a cabo (que van mucho más allá, por supuesto, de la supuesta indiferencia de los gobernantes socialistas, como implica el autor), sino también las consecuencias que tendrá para millones de andaluces que no tendrán más remedio que reciclarse a marchas forzadas. Nada de eso merece siquiera una reflexión en el libro. En su lugar, prefiere sumergirse en la retórica al uso:
Entre las cosas esenciales que debe hacer el Gobierno andaluz es fraguar un pacto con las fuerzas políticas sobre las líneas maestras de la estrategia global, que garantice su continuidad a largo plazo, gobierne quien gobierne.

Pero debe, además, negociar las condiciones salariales, fiscales, de flexibilidad laboral y horaria, así como los objetivos de inversión en áreas prioritarias, para que Andalucía pueda competir con ventaja para captar las inversiones, la tecnología y el talento que necesita atraer del exterior. No basta con la paz social de la mediocridad, que garantice la tranquilidad de que todo quede como está para los instalados de la sociedad, mientras un tercio de esa sociedad se queda al margen.

(Alejandro Rojas-Marcos: pp. 134-135)

Muy cierto todo, pero se trata de generalidades con las que difícilmente nadie puede estar en desacuerdo. El problema, por supuesto, está en los detalles: ¿de qué condiciones salariales y fiscales habla? ¿A qué tipo de flexibilidad laboral y horaria se refiere? Peor aún: ¿cómo se implementa? ¿Por decreto? No escondo mi preocupación de que un PSOE demasiado dependiente de sus apoyos electorales en las zonas rurales esté perdiendo a pasos agigantados la capacidad política de llevar a cabo este tipo de transición de nuestro modelo económico, pero hecho en falta asimismo cierta valentía por parte de Rojas-Marcos a la hora de reconocer bien a las claras que dicho programa tendrá consecuencias negativas sobre una buena parte de la población, que tendrá que adaptarse a las nuevas circunstancias. En otras palabras, no leo en ningún sitio que hable de sangre, sudor y lágrimas, ni tampoco que demande sacrificio alguno de andaluces y andaluzas, cuando todos sabemos que las consecuencias de dicho programa de transformación requiere esos sacrificios.

Por último, hay un punto que me parece de extraordinaria importancia, a pesar del hecho de que Rojas-Marcos sólo lo menciona de pasada: nada de esto será posible sin la ambición de todos los andaluces y andaluzas. Y, en este sentido, creo que bien poco puede aportar el andalucismo. Si algo nos sobra en nuestra tierra es precisamente esta conciencia narcisista que nos lleva a pensar demasiado a menudo que somos el centro de la creación, el lugar donde mejor ha prosperado la filosofía del saber vivir (como el propio Rojas-Marcos indica en el libro en un par de ocasiones). Teniendo esto presente, ¿quién piensa que el nacionalismo vaya a poder romper las cadenas de la autosatisfacción que vienen lastrando nuestro desarrollo desde hace tanto tiempo? Personalmente, sólo veo como posibilidad de futuro la apuesta por un proyecto de modernización que nos saque del estupor autocomplaciente. Y esto, desde luego, no es posible desde los esquemas de un nacionalismo que tiene la necesidad de fomentar precisamente eso, la autocomplacencia, el narcisismo.