Mostrando entradas con la etiqueta Historia universal de la infamia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia universal de la infamia. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de agosto de 2011

Maestría de un narrador de historias cortas.

La historia titulada El proveedor de iniquidades Monk Eastman comienza con clásica maestría sintetizando la historia entera en un sólo párrafo:
Perfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile gravísimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin música. Resignado, el otro se acomoda el chambergo y consagra su vejez a la narración de ese duelo tan limpio. Ésa es la historia detallada y total de nuestro malevaje. La de los hombres de pelea en Nueva York es más vertiginosa y más torpe.

(Jorge Luis Borges: Historia universal de la infamia, p. 59)


viernes, 12 de agosto de 2011

Pragmatismo sin fin.

La historia titulada La viuda Ching, pirata recoge un episodio de pragmatismo tan excesivo que, sin duda, lo identificaríamos con la astucia oriental donde lo sitúa el autor:
Hacia 1797, los accionistas de las muchas escuadras piráticas de ese mar fundaron un consorcio y nombraron almirante a un tal Ching, hombre justiciero y probado. Éste fue tan severo y ejemplar en el saqueo de las costas, que los habitantes despavoridos imploraron con dádivas y lágrimas el socorro imperial. Su lastimosa petición no fue desoída: recibieron la orden de poner fuego a sus aldeas, de olvidar sus quehaceres de pesquería, de emigrar tierra adentro y aprender una ciencia desconocida llamada agricultura. Así lo hicieron, y los frustrados invasores no hallaron sino costas desiertas. Tuvieron que entregarse, por consiguiente, al asalto de naves: depredación aun más nociva que la anterior, pues molestaba seriamente al comercio. El gobierno imperial no vaciló, y ordenó a los antiguos pescadores el abandono del arado y la yunta y la restauración de remos y redes. Éstos se amotinaron, fieles al antiguo temor, y las autoridades resolvieron otra conducta: nombrar al almirante Ching, jefe de los Establos Imperiales. Éste iba a aceptar el soborno. Los accionistas lo supieron a tiempo, y su virtuosa indignación se manifestó en un plato de orugas envenenadas, cocidas con arroz. La golosina fue fatal: el antiguo almirante y jefe novel de los Establos Imperiales entregó su alma a las divinidades del mar.

(Jorge Luis Borges: Historia universal de la infamia, pp. 47-48)

La historia incluye todos los estereotipos sobre la personalidad de los orientales (pragmatismo, traición, astucia...), pero see lee con gozo y hasta una sonrisa en los labios.

jueves, 11 de agosto de 2011

Inteligente truco: evitar la perfección para no levantar sospechas.

El caso del impostor Tom Castro, ayudado por su fiel Bogle, se ha convertido ya en un clásico del que cabe obtener, además, algunas enseñanzas:
...nos consta que presentó un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imbécil, pelo castaño y una inmejorable ignorancia del idioma francés. Bogle sabía que un facsímil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtención. Sabía también que todas las similitudes logradas no harían otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunció, pues, a todo parecido. Intuyó que la enorme ineptitud de la pretensión sería una convincente prueba de que no se trataba de un fraude...

(Jorge Luis Borges: Historia universal de la infamia, p. 37)


O, lo que es lo mismo, cuando se intenta cometer un fraude conviene siempre no hacer las cosas con demasiada perfección, lo cual no haría sino levantar sospechas. Inteligente, sin duda. Ahora hay que asegurarse de que tanto arrogante que se cree perfecto entiende la lección.
Maravillosa forma de iniciar el libro:
En 1517 el Padre Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negro, que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas antillanas.

(Jorge Luis Borges: Historia universal de la infamia, p. 17)

Me gusta no sólo por lo que tiene de romper mitos (que siempre viene bien), sino por la fina ironía con que Borges lo expresa. Lejos de lanzar una andanada directa contra Bartolomé de las Casas y el racismo de los conquistadores, prefiere soltarlo con ligereza y cierto distanciamiento. Uno imagina la sonrisilla traviesa al dejar escrita esa larga frase en el cuaderno. Ignora uno hasta qué punto la afirmación de Borges pueda ser correcta históricamente, pero es lo de menos. Cuando tantas salvajadas se cometieron durante la conquista de América, asuntos como éste carecen más bien de importancia. La realidad indiscutible es que, durante mucho tiempo (quizá demasiado tiempo), los españoles nos aferramos a la figura de Bartolomé de las Casas como a clavo ardiendo para salvar un poco el honor, en lugar de afrontar con honestidad la evidencia de los excesos cometidos durante nuestra aventura imperial.

Historia universal de la infamia

Colección de cuentos en la que Borges recopila las historias de una serie de personajes, a cuál más peculiar: Lazarus Morell, "emancipador" de esclavos; Tom Castro y sy falsa identidad; la viuda Ching, comandante de cuarenta mil piratas; Monk Eastman, pistolero de Nueva York; el asesino Billy the Kid en Arizona; Kotsuké no Suké, perverso funcionario japonés, y Hakim de Merv, profeta enmascarado del Turquestán. Borges añade al final un cuento titulado Hombre de la esquina rosada y un Etcétera donde se reúnen varios textos sobre magia.

Descripción técnica:
Título: Historia universal de la infamia.
Autor: Jorge Luis Borges.
Editorial: Destino/Emecé.
Edición: primera edición, segunda reimpresión. Madrid (España), octubre de 2010.
Páginas: 152 páginas, incluyendo nota final de Jorge García López.
ISBN: 978-84-233-3672-2