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domingo, 28 de marzo de 2010

Sobre la pose "revolucionaria" de las bandas de rock.

Aunque el libro de Ordovás representa una buena síntesis de lo que representó el rock ácido de California a finales de los sesenta y principios de los setenta, peca en exceso de una retórica grandilocuente en lo que respecta a los efectos sociales y políticos de la música rock. Se trata, por otro lado, de una defecto muy típico entre quienes escriben sobre los movimientos musicales más o menos contraculturales (el rock ácido, el punk...). A menudo se confunde lo revolucionario con la mera pose rebelde, la adopción de modas y costumbres rompedoras con lo tradicional, pero no por ello necesariamente revolucionarias ni transformadoras. Se confunde la transgresión con la revolución, la imagen con el contenido. Esto viene sucediendo, al menos, desde la década de los sesenta, precisamente, y ha llegado a extenderse como un auténtico cáncer entre las filas de la izquieda sociológica por casi todo el mundo. Ni que decir tiene que dicha evolución no hace sino incrementar las posibilidades de que cualquier tipo de contestación sea fácilmente asimilada por el establishment, pues la crítica no pasa nunca de lo más superficial.

Interesante contraposición entre San Francisco y Los Ángeles.

Ordovás hace una interesante contraposición entre San Francisco y Los Ángeles como centros de donde irradia esta nueva música y el movimiento social que lo acompaña:
La Bahía de San Francisco contaba con Berkeley, una de las universidades más superpobladas de los USA; con Haigh-Ashbury, uno de los barrios más jóvenes y excéntricos; con un puerto internacional de primer orden; con una ciudad abierta a todas las culturas, rica, con grandes parques, con San Bruno, San Mateo, Palo Alto, San José, San Carlos, San Leandro, Mill Valley, Marin County, y toda una interminable serie de pequeñas comunidades de una gran vitalidad cultural y con una diversa y amplia escena folk, que sirvió de base a la creación de un inmenso número de grupos de rock, que nacieron con la expresión propia y característica de la comunidad —Berkeley-San Francisco-Palo Alto— en la que se gestaron. (...)

Los Ángeles, por el contrario, era una ciudad-estudio, no sólo en lo referente al mundo cinematográfico, sino en el apartado de la industria del disco. (...) La ausencia de una universidad cercana con grandes masas revolucionarias, la inexistencia de precedentes musicales y literarios emparentados con la generación beat, y la insolidaridad de los dos grandes grupos culturales y raciales -mejicanos y angloamericanos- de la región, no hicieron de esta ciudad un centro vivo y auténtico de experiencias "enrollantes", sino que la industria se limitó a ir absorbiendo las distintas y sucesivas avalanchas revolucionarias, depurándolas, sofisticándolas y comercializándolas a nivel nacional e internacional, mientras que San Francisco se convirtió en la capital imaginativa a nivel comunitario y vivencial, quedando para Los Ángeles la capitalidad de la industria discográfica de California.

(Jesús Ordovás: pp. 18-20).

Hasta cierto punto, esa diferencia entre ambas ciudades sigue estando ahí. La innovación, creatividad y heterodoxia aún provienen de la zona de la bahía de San Francisco, mientras que Los Ángeles se ha convertido con el paso del tiempo en un claro ejemplo de megalópoli desestructurado, carente de centro y de personalidad propia, caótico magma donde conviven un enorme número de comunidades de lo más diversas sin que pueda encontrarse nada en común, ningún hilo conductor que sea capaz de proporcionarles una personalidad propia.

sábado, 27 de marzo de 2010

California, tierra prometida.

El fenómeno del rock ácido que surge en California hacia mediados de la década de los sesenta (con todos los demás factores concomitantes: los beatniks, el movimiento hippie, la influencia del orientalismo y el LSD, etc.) no puede entenderse sin conocer también la peculiar naturaleza del estado que lo vio nacer:
Mucho antes de que se descubriera oro en California, pero sobre todo desde entonces (1848), la larga franja de valles, montañas y playas que se extiende desde Oregón a Mejico, se convirtió en sinónimo de "paraíso", creándose toda una leyenda sobre la belleza de sus paisajes, la fertilidad y riqueza de sus tierras, la benignidad de su clima y las casi infinitas posibilidades de realización humana que ofrecían las costas del Pacífico, conviniéndose a centrar en aquellas tierras emigrantes de todos los continentes que, aplicando métodos de explotación racionalizada, convirtieron al antiguo territorio mexicano en el Estado más próspero de la Unión, alcanzando en el curso del siglo XIX, y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, cotas de desarrollo agrícola, industrial y cultural envidiables con respecto al standard occidental.

(Jesús Ordovás: p. 8)

Efectivamente, California siempre ha sido vista por los propios estadounidenses como una especia de tierra prometida dentro de una ya de por sí tierra prometida (los EEUU en su conjunto). La amalgama de culturas que se encuentra en sus tierras ha dado lugar a un boom de innovación, creatividad y espíritu emprendedor que difícilmente podemos encontrar en ningún otro lugar del planeta. No es casualidad que buena parte de los estadounidenses se refieran a California como "the land of nuts and honey" (haciendo hincapié en el doble significado de la palabra nuts, que lo mismo significa nueces o frutos secos, que también puede usarse para referirse a una pandilla de pirados). Sea como fuere, pocos sitios hay en todo el orbe donde se acepte más de buena gana la excentricidad y la heterodoxia en cualquiera de las esferas de la vida. No es casual, por ello, que un movimiento como éste viera la luz precisamente allí, como tampoco es casualidad que tanto la industria cinematográfica como las nuevas tecnologías nacieran en ese mismo estado. El aire mismo de California promueve la herejía, el riesgo y la innovación.