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sábado, 11 de octubre de 2008

Viaje al centro de UCD.

Un libro a caballo entre el análisis político y el reportaje histórico donde se nos habla de los orígenes de UCD, el papel fundamental que desempeñó durante la transición a la democracia y las constantes divisiones internas como consecuencia del enfrentamiento entre familias. Finaliza con información (muy breve, eso sí) sobre la dimisión de Adolfo Suárez y el II Congreso del partido.

Descripción técnica:
Título: Viaje al centro de UCD.
Autor: Eduardo Chamorro.
Editorial: Planeta
Edición: primera edición, Barcelona (España), junio de 1981.
Páginas: 326, incluyendo índices.
ISBN: 84-320-3589-0

domingo, 8 de junio de 2008

Progresismo, ética, relativismo y seguridad ciudadana.

Por mínimo que ya llegado nunca a ser el Estado mínimo liberal, jamás renegó de una función que siempre se consideró primordial desde la derecha: el orden público (esto es, lo que hoy en día, quizá para hacerlo más fácilmente asumible para la izquierda, denominamos seguridad ciudadana). Pues bien, de la misma forma que hiciera Bill Clinton en los EEUU, éste fue precisamente el tema que eligió Blair para distinguirse del laborismo tradicional:
El momento que señaló a Tony Blair en la menet del público como un político laborista totalmente diferente fue tan inesperado como horrible. En febrero de 1993, la nación estaba trastornada por el asesinato de un niño de dos años. James Bulger, perdido de vista por su madre apenas un momento, fue secuestrado en un centro comercial de Liverpool por dos niños no mayores de diez años. Le llevaron de la mano a un descampado cercano y le pegaron una paliza brutal que le mató. (...) Blair, como portavoz de interior y justicia, dio la respuesta de su partido. Le hizo salir de la sombra de Westminster y de las secciones políticas para llevarle a las primeras páginas de los periódicos, y de allí a la escena nacional.
Blair declaró que el asesinato transmitía sin duda un malestar muy profundo. La sociedad había perdido su brújula ética, y la tolerancia había dado paso al abuso de libertad. Había llegado el momento de prescindir del relativismo moral y de reformar la distinción fundamental entre lo bueno y lo malo. (...)

(Stephens: pp. 73-74)

La izquierda, ciertamente, tiene una tradición de desprecio por el orden público y los aspectos relacionados con la seguridad, prefiriendo expandir las áreas de libertad individual y reivindicar el antiautoritarismo. Todo esto no vino necesariamente mal mientras las sociedades occidentales (incluso las más avanzadas) aún conservaban un alto grado de autoritarismo residual y anticuados hábitos sociales. Los movimientos contestatarios de los años sesenta se rebelaron precisamente contra todo esto: el recurso constante al principio de autoridad por parte de los profesores en la escuela y hasta en la Universidad, el excesivo formalismo en las costumbres, las actitudes pacatas en todo lo que se refiriese al sexo, la incapacidad más absoluta para disfrutar la vida fuera de unos modos claramente regimentados, etc. Ahora, pasados aquellos años, queda claro que dicha contestación fue un necesario soplo de aire fresco que debía insuflar un nuevo vigor en nuestras sociedades. Sin embargo, hacia finales de los años setenta y principios de los ochenta ya hubo claros indicios de que buena parte de la población en aquellos países que se habían mostrado más liberales durante la década anterior estaba experimentando ciertas dudas respecto al estado de cosas. Conservadores con resabios reaccionarios (Ronald Reagan y Margaret Thatcher, por ejemplo) aprovecharon estas dudas para promover una agenda tradicionalista y ultraconservadora empeñada en recortar los derechos duramente conquistados en la década de los sesenta. Y, sin embargo, ello no quita para que la respuesta progresista no debiera limitarse a agarrarse de uñas y dientes al status quo, que es por desgracia lo que a menudo sucedió. Hubiera sido mucho más inteligente reivindicar el justo medio, en lugar de apostar por estrategias defensivas, pero al menos en el caso británico esto no sucedería hasta la aparición de Tony Blair en la escena política.

El caso de James Bulger le sirvió a Blair para colocar su discurso ético inspirado en valores cristianos en el punto central del debate político y social. Frente a la permisividad progre de antaño, Blair reivindicaba ahora no una educación autoritaria ni conservadora (en esto se diferenciaba claramente del neoconservadurismo antes mencionado), sino un retorno a los grandes principios éticos y morales de la Humanidad (la distinción entre el bien y el mal) compatible, no obstante, con conceptos que habían ganado peso específico en las últimas décadas, como pueden ser la tolerancia, el diálogo, el respeto o la diversidad. Blair representaba, por consiguiente, no un retorno a lo anterior, pero sí una corrección de lo que podían considerarse como excesos de los años sesenta. O, para expresarlo de otra manera, apostaba por devolver el péndulo hacia una posición intermedia o central, evitando los extremos. Una vez más, algunas de sus críticas al relativismo moral podían sonar perfectamente compatibles con las que provenían de la derecha más o menos tradicionalista, pero ello no quiere decir ni mucho menos que sus soluciones fueran las mismas, ni siquiera parecidas.

En cualquier caso, Blair volvió a conectar el laborismo con la tradición de austeridad ética que había caracterizado al movimiento a finales del siglo XIX. En este sentido, supuso para el laborismo británico algo similar de lo que representaría Felipe González en España con su reivindicación de los "cien años de honradez". Tanto uno como otro subrayaron no el relativismo absoluto, sino la claridad ética.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con la seguridad ciudadana? En ese sentido, sí que es bien posible que Blair se dejara llevar por la retórica conservadora. Las convicciones morales no siempre pueden prevenir comportamientos asociales, como quedó bien patente en la Alemania nazi. De la misma manera, pueden recordarse decenas de ejemplos en los que sociedades supuestamente nada relativistas (esto es, nada influidos por el espíritu relativista de la Ilustración y la Modernidad, como gustaría recordar a muchos representantes de la Iglesia) cayeron masivamente en comportamientos inmorales e inhumanos. En este tema, como en cualquier otro, la posición más sensata suele estar cerca del justo medio: el absolutismo moral conduce al fanatismo y la imposición, en tanto que el relativismo moral nos hunden en el cenagal de la indiferencia. A lo mejor habría que apostar por un relativismo relativo, difícil como sería entrar a definirlo.

Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que la seguridad ciudadana debe ser un elemento fundamental de cualquier política progresista. Sencillamente, no es posible garantizar la convivencia de los ciudadanos ni extender los derechos sociales si no somos capaces de afirmar primero el Estado de Derecho. Las leyes están para ser cumplidas. De bien poco vale legislar de forma progresista si no vamos a ser capaces de segurar el cumplimiento de las mismas.

miércoles, 4 de junio de 2008

Influencia de Macmurray y el comunitarismo cristiano en Blair.

No me ha sorprendido nada leer que la vocación política de Tony Blair estuvo siempre unida, ya desde los comienzos, a una firme convicción cristiana. Esto no es nada extraño en el mundo anglosajón, donde uno puede encontrarse sin problemas a figuras bien representativas de la izquierda que compaginan su fe (casi siempre) cristiana con un íntimo anhelo de justicia social, algo que a nosotros nos resulta más bien extraño debido al histórico entramado de intereses políticos y económicos que casi siempre unió a la Iglesia con la élite de los poderosos por estos lares. Pues bien, según leo en el libro de Philip Stephens, la inspiración teológica de Blair siempre estuvo bastante cercana a la figura del pastor cuáquero y filósofo comunitarista John Macmurray (se puede encontrar un interesantísimo artículo sobre sus ideas aquí). Stephens pasa a hacer un breve resumen de la filosofía de Macmurray que merece la pena citar aquí:
Su idea principal era el concepto de comunidad: la creencia de que la realización personal depende de la asociación con otros y de la confianza. Macmurray desafió la visión entonces en boga de que las sociedades están totalmente definidas por los individuos que las componen. Argumentaba que la relación era precisamente la contraria: los individuos se forman por su relación con el resto de la comunidad en la que han crecido. La familia era fundamental para este modelo, porque ponía los cimientos para unas redes más amplias, de las que dependen las sociedades sólidas.

(Stephens: p. 36)

Se trata de la vieja reivindicación aristotélica del hombre como animal político (zoon politikon) que recorre el pensamiento político occidental desde sus inicios hasta nuestros días, al menos en su vertiente más socializante. Junto a esta corriente, existe también otra más centrada en el individuo, por supuesto, y que cobró una importancia destacada a raíz del éxito electoral de figuras como Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los años setenta y ochenta, y que pudo entenderse en buena medida como la necesaria reacción a lo que fueron ciertos excesos colectivistas de la izquierda, sobre todo en el caso británico. A finales de los setenta, estaba bien claro que el colectivismo soviético había fracasado (el final espectacular del experimento comunista no llegaría hasta 1989, pero ya hacia 1973 estaba bien claro que la URSS de Breznev distaba mucho de ser la solución a los problemas que el mundo tenía planteados), pero además se habían notado ya los primeros problemas serios con un Estado del Bienestar demasiado esclerotizado y burocratizado. En otras palabras, la década de los ochenta empujó a las sociedades occidentales en la dirección opuesta, hacia el individualismo exarcebado. Pues bien, el comunitarismo apareció en este contexto durante los noventa como un tercer camino entre los excesos del colectivismo sovietizante y del individualismo neoliberal. Tanto el movimiento de los New Democrats como el de New Labour han de interpretarse en este contexto y se tratan, en principio, de tendencias con las cuales me identifico. No obstante, aún he de dedicarle algo de tiempo al estudio de los autores comunitaristas y sus propuestas para hacerme una idea clara de cuál es mi posición con respecto a ellos, pues creo identificar en algunos de sus postulados una propensión a la política identitaria que no comparto para nada.