Leyendo el libro de Camps y Giner me encuentro con la siguiente reflexión que me pareció sumamente interesante por sus implicaciones:
La vida privada y la pública son mundos continuos, no separables del todo. Son las mismas personas las que tienen que estar en uno y otro sitio. El que no sabe ser educado con su propia mujer es difícil que sepa serlo en el metro o en la oficina. El que no ha aprendido a convivir en casa, no podrá improvisar formas de convivencia fuera de ella. La virtud —decían los antiguos— es una disposición a actuar de determinada manera, algo habitual, no "puntual", como diríamos en el lenguaje algo absurdo de hoy. No es posible despojarse de unos hábitos en privado y vestirse con ellos en público. O sólo es posible para quienes creen que la vida es sólo una comedia cruel.
(Camps y Giner: pp. 91-92)
¿Y por qué digo que la cita me parece sumamente interesante? En fin, de todos es conocida la obsesión rallana en lo enfermizo que el votante medio estadounidense parece tener hacia el trapicheo de noticias sobre la vida privada de los candidatos a los distintos cargos políticos. Y es igualmente sabida la opinión del europeo medio sobre el tema, achacándolo a un
puritanismo intolerante muy propio de los norteamericanos pero contra el que nosotros estamos, al parecer, vacunados. Pues bien, la reflexión de Camps y Giner viene a arrojar luz sobre este tema, permitiéndonos verlo desde otro punto de vista.
¿Y si resultase que, después de todo, el votante estadounidense no anda tan descaminado? Hay que tener en cuenta que en su sistema político no se votan listas bloqueadas y cerradas, sino candidatos individuales que, en numerosas ocasiones, mantienen puntos de vista que vienen a radicalizar o moderar las posiciones del partido político al que pertenece. A lo mejor tiene sentido conocer cómo se comporta un determinado candidato en privado antes de decidir si le puedo confiar mi voto. Después de todo, como bien afirman Camps y Giner, "no es posible despojarse de unos hábitos en privado y vestirse con ellos en público". No hay más que recordar el bochornoso espectáculo que ofreció
Jesús Gil en
Marbella, por poner tan sólo un ejemplo. Conociendo los antecedentes del personaje, ¿quién no pudo predecir lo que se avecinaba? Y cuidado, porque no estoy haciendo un llamamiento a convertir nuestras elecciones en una
caza de brujas ni nada por el estilo. Simplemente estoy señalando que a lo mejor el comportamiento del votante medio estadounidense no es tan descerebrado como pudiera parecernos. Claro que eso tampoco responde dónde debemos colocar los límites a este tipo de comportamiento para evitar los excesos.