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miércoles, 15 de octubre de 2008

El arte de la negociación, según Fernado Abril Martorell.

Interesantes reflexiones de Fernando Abril Martorell recogidas en el libro:
Hay posiciones que es conveniente mantener cuando se mantienen y que, luego, hay que cederlas —meses más tarde— cuando el compromiso político lo requiere. Toda negociación entraña una búsqueda de aproximaciones, a la vista de las posiciones de los negociadores. Pero los negociadores no suelen ser plenipotenciarios, sino que negocian en calidad de representantes de unos colectivos a los que han de dar explicaciones y tiempo para incorporar los distintos elementos y términos de cada paso de la negociación.

(Chamorro: p. 109)

Sucede demasiado a menudo que olvidamos este pequeño detalle. Los negociadores son siempre representantes de intereses a menudo enfrentados, portavoces de unos colectivos sociales que no siempre han tenido el tiempo necesario de digerir y analizar las circunstancias, por no hablar de sopesar las posibles soluciones. La política real, al fin y al cabo, es siempre bastante imperfecta. No tiene nada que ver con las grandes construcciones ideológicas que algunos piensan. De hecho, en lo que respecta a la política, yo siempre prefiero primar a los valores sobre los esquemas ideológicos sólidos y predefinidos. Me parece que es la mejor forma de no abandonar el mundo de las ideas, pero evitando al mismo tiempo su demoledora tiranía.

martes, 12 de agosto de 2008

Ética privada y ética pública o la importancia de la virtud en nuestros representantes.

Leyendo el libro de Camps y Giner me encuentro con la siguiente reflexión que me pareció sumamente interesante por sus implicaciones:

La vida privada y la pública son mundos continuos, no separables del todo. Son las mismas personas las que tienen que estar en uno y otro sitio. El que no sabe ser educado con su propia mujer es difícil que sepa serlo en el metro o en la oficina. El que no ha aprendido a convivir en casa, no podrá improvisar formas de convivencia fuera de ella. La virtud —decían los antiguos— es una disposición a actuar de determinada manera, algo habitual, no "puntual", como diríamos en el lenguaje algo absurdo de hoy. No es posible despojarse de unos hábitos en privado y vestirse con ellos en público. O sólo es posible para quienes creen que la vida es sólo una comedia cruel.

(Camps y Giner: pp. 91-92)

¿Y por qué digo que la cita me parece sumamente interesante? En fin, de todos es conocida la obsesión rallana en lo enfermizo que el votante medio estadounidense parece tener hacia el trapicheo de noticias sobre la vida privada de los candidatos a los distintos cargos políticos. Y es igualmente sabida la opinión del europeo medio sobre el tema, achacándolo a un puritanismo intolerante muy propio de los norteamericanos pero contra el que nosotros estamos, al parecer, vacunados. Pues bien, la reflexión de Camps y Giner viene a arrojar luz sobre este tema, permitiéndonos verlo desde otro punto de vista. ¿Y si resultase que, después de todo, el votante estadounidense no anda tan descaminado? Hay que tener en cuenta que en su sistema político no se votan listas bloqueadas y cerradas, sino candidatos individuales que, en numerosas ocasiones, mantienen puntos de vista que vienen a radicalizar o moderar las posiciones del partido político al que pertenece. A lo mejor tiene sentido conocer cómo se comporta un determinado candidato en privado antes de decidir si le puedo confiar mi voto. Después de todo, como bien afirman Camps y Giner, "no es posible despojarse de unos hábitos en privado y vestirse con ellos en público". No hay más que recordar el bochornoso espectáculo que ofreció Jesús Gil en Marbella, por poner tan sólo un ejemplo. Conociendo los antecedentes del personaje, ¿quién no pudo predecir lo que se avecinaba? Y cuidado, porque no estoy haciendo un llamamiento a convertir nuestras elecciones en una caza de brujas ni nada por el estilo. Simplemente estoy señalando que a lo mejor el comportamiento del votante medio estadounidense no es tan descerebrado como pudiera parecernos. Claro que eso tampoco responde dónde debemos colocar los límites a este tipo de comportamiento para evitar los excesos.

lunes, 14 de julio de 2008

Manual de civismo.

En los últimos años parece que hemos vivido un cierto renacer del interés por el civismo en nuestro país. A lo mejor la apuesta de Zapatero por un republicanismo cívico (inspirado, al menos en parte, en el pensamiento político de Philip Pettit) tiene algo que ver con ello. Sea como fuere, es bien evidente que en un mundo dominado por la globalización, el pluralismo y el acceso fácil e instantáneo a todas las opiniones, un mundo donde la libertad individual ha alcanzado unas cotas prácticamente desconocidas en cualquier otra época de la Historia, tenemos la obligación de reflexionar sobre los valores esenciales que nos deben unir a todos en una sociedad (post)moderna.

Ficha técnica:
Título: Manual de civismo.
Autor: Victoria Camps y Salvador Giner.
Editorial: Ariel.
Edición: Barcelona (España), 6 edición, marzo de 2008.
Páginas: 191 páginas.
ISBN: 978-84-344-5366-1

lunes, 9 de junio de 2008

Sobre el legado de Tony Blair y la ingratitud de la política.

Leo lo siguiente en el libro de Philip Stephens y no me queda más remedio que reflexionar sobre lo ingrato de la política:
Tony Blair será recordado como el primer ministro que reconstruyó la organización constitucional británica: reformando la Cámara de los Lores, permitiendo alcaldes electos para Londres, incorporando la Ley de la Convención Europea de Derechos Humanos y, sobre todo, devolviendo el Parlamento a Escocia.

(Stephens: p. 117)

No estoy de acuerdo con el autor. Me temo que al final, guste o no, Tony Blair va a ser recordado por haber llevado al Reino Unido a participar en la guerra de Irak de la mano de George W. Bush. Y eso a pesar de que la gestión de Blair durante sus años al frente del Gobierno británico puede considerarse, en líneas generales, como bastante brillante: bonanza económica, acercamiento a la Unión Europea (cierto, no tanto como a lo mejor les hubiera gustado a muchos europeístas, pero sin lugar a dudas su política no puede caracterizarse como euro-escéptica), democratización de la política local en Londres, descentralización del poder mediante la devolución de poderes (esto es, la creación de parlamentos y gobiernos en Escocia, Gales e Irlanda del Norte), modernización de los servicios públicos tras años de abandono bajo los gobiernos conservadores, firma del tratado de paz en Irlanda del Norte que puso punto y final al terrorismo del IRA, reforma del sistema político británico para modernizarlo mediante los cambios introducidos en la Cámara de los Lores, etc. Pero nada de esto parece tener importancia alguna en vista de su polémica toma de posición apoyando a George W. Bush en la cuestión iraquí. Supongo que únicamente se apreciará su gestión cuando pasen los años y queden atrás historias y resquemores.