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domingo, 30 de noviembre de 2008

Una historia en la Historia.

Novela histórica dirigida al lector juvenil que narra las vicisitudes del joven Claudio, víctima de las burlas de sus familiares, amigos y compañeros de escuela debido a su cojera y tartamudez. Pese a todo (y pese a las conspiraciones de su abuela Livia para deshacerse de él), Claudio consigue imponerse a las circunstancias y llegar a emperador precisamente debido a sus limitaciones físicas.

El libro de Marianelli es de lectura obligatoria en el primer curso de ESO en la escuela a la que asiste mi hijo Nicolás, así que no me queda más remedio que leerla para echarle una mano con los comentarios.

Ficha técnica:
Título: Una historia en la Historia.
Autor: Sauro Marianelli.
Editorial: Bruño.
Edición: Decimosexta edición, Madrid (España), abril 2008.
Páginas: 233 páginas, incluyendo preguntas y comentarios.
ISBN: 842-160-9971

viernes, 11 de julio de 2008

Reflexiones sobre el pueblo judío.

Reflexiones que Eduardo Mendoza pone en boca de Pomponio Flato y que seguramente le valdrán ser acusado de anti-semitismo (por desgracia, sucede a menudo que cualquer crítica de la cultura judía o las políticas de Israel es automáticamente descalificada de esta forma). Nótese la similitud de sus comentarios con lo que alguien podría escribir hoy en día acerca de los fundamentalistas islámicos:
Aunque su cultura es antigua y el país se encuentra en medio de grandes civilizaciones, los judíos siempre han vivido de espaldas a sus vecinos, hacia los que profesan una abierta inquina y a quienes atacarían de inmediato si no estuvieran en franca inferioridad de condiciones. Rudos, fieros, desconfiados, cerrados a la lógica, refractarios a cualquier influencia, andan enzarzados en perpetua guerra, a veces contra enemigos externos, otras entre sí y siempre contra Roma, pues, a diferencia de las demás provincias y reinos del Imperio, se niegan a aceptar la dominación romana y rechazan los beneficios que ésta comporta, a saber, la paz, la prosperidad y la justicia. Y esto no es por un sentimiento indomable de independencia, como ocurre con los bretones y otros bárbaros, sino por motivos estrictamente religiosos.

Por extraño y cicatero que parezca, los judíos creen en un solo dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria. De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones. Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad del empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no sólo es el mejor, sino el único que existe. Como tal, no ha de imponer a ningún otro dios ni su fuerza ni su razón y, en consecuencia, obra según su capricho o, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es impacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas. Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber ingringido leyes que él les dio. Estas leyes, en su origen, eran pocas y consuetudinarias: no matar, no robar, etcétera. Pero andando el tiempo, a su dios le entró una verdadera manía legislativa y en la actualidad el cuerpo jurídico constituye un galimatías tan inextricable y minucioso que es imposible no incurrir en falta continuamente. Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados, ni menos contradictorios que el resto de los mortales. Sí son, comparados con otras gentes, más morigerados en sus costumbres. Rechazan muchos alimentos, reprueban el abuso del vino y las sustancias tóxicas y, por raro que suene, no son proclives a darse por el culo, ni siquiera entre amigos.

Hasta hace unos años, las cuatro partes de Palestina estuvieron unidas bajo un solo rey, hombre admirable y decidido partidario de Roma, pero a su muerte estallaron conflictos sucesorios y Augusto, para evitar enfrentamiento, dividió el país entre los tres hijos del difunto. Al que correspondió esta parte de Palestina se llama Antipas, pero al acceder al poder unió a su nombre el de su ilustre padre, por lo cual se hace llamar Herodes Antipas. Es, a juicio de mi informante, un individuo astuto, pero de carácter débil, por lo que se ve precisado a recurrir constantemente a las autoridades romanas para hacerse respetar por su pueblo. De este modo lo mantiene a raya, pero a costa de una impopularidad que va en aumento a medida que pasan los años. Con el pretexto más nimio podría producirse un levantamiento y, de hecho, raro es el mes en que no surge un foco de rebelión, como el que motivó la intervención de Liviano Malio y los legionarios en cuya compañía he viajado hasta ahora. Por fortuna, estos disturbios son aislados, efímeros y fáciles de sofocar, ya que es difícil que los judíos se pongan de acuerdo y unan sus esfuerzos. Los partidarios más acérrimos de la rebelión son los sacerdotes, que se dicen intérpretes de la palabra de Dios, pero su misma condición de sacerdotes los hace de natural holgazanes, acomodaticios y propensos a estar a bien con el poder. Aun así, caldean los ánimos con sus discursos y de cuando en cuando prometen la venida de un enviado de Dios que conducirá al pueblo judío a la victoria definitiva sobre sus enemigos ancestrales. Esta profecía, común a todos los pueblos bárbaros oprimidos, ha calado hondo en esta tierra levantisca, por lo que a menudo aparecen impostores que se arrogan el título de Mesías, como aquí llaman al presunto salvador de la patria. Con éstos Roma actúa de modo expeditivo.

(Mendoza: pp. 19-22)

La verdad, prácticamente todo lo que que indica Mendoza suena a mis oídos como críticas razonables a la ortodoxia judía —de hecho, casi todo puede aplicarse igualmente a cualquier otra ortodoxia religiosa, sea cristiana, musulmana o de otra denominación. Elementos como el dogmatismo, la cerrazón, la arrogancia, el excesivo celo moralizante y el chauvinismo excluyente no son, por desgracia, privativos de tal o cual cultura, tal o cual religión, tal o cual ideología o filosofía política en particular. Por consiguiente, a la vista de ello, más vale estar siempre en guardia para evitar caer en estas actitudes.

jueves, 10 de julio de 2008

El asombroso viaje de Pomponio Flato.

Un buen amigo me recomendó este libro durante un viaje que hice a Madrid hace varios meses, así que decidí comprármelo cuando lo vi en una de las casetas de la Feria del Libro de Sevilla.

El asombroso viaje de Pomponio Flato narra la historia de un patricio romano que viaja por el Imperio durante el siglo I de nuestra era en busca de unas aguas de efectos maravillosos. El azar le lleva a Nazaret, donde accidentalmente se ve implicado en la investigación de un crimen y será testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de la Historia. Se trata de un mescolanza de novela histórica y policíaca con una buena dosis de humor y parodia. Casi todas las críticas coinciden en caracterizarla, cuando menos, de divertida, así que supongo que se trata de una lectura ideal para el verano.


Ficha técnica:

Título: El asombroso viaje de Pomponio Flato.
Autor: Eduardo Mendoza.
Editorial: Seix Barral.
Edición: Barcelona (España), primera edición, marzo 2008.
Páginas: 190 páginas, incluyendo nota aclaratoria final.
ISBN: 978-84-322-1253-6