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sábado, 9 de octubre de 2010

La deriva autoritaria comenzó antes de Stalin.

Para la amplia mayoría de quienes todavía se sienten identificados con el comunismo, el fracaso del socialismo real se debe más al desviacionismo estalinista que a cualquier error que pueda achacarse al marxismo-leninismo como tal. Sin embargo, si algo queda claro leyendo los primeros capítulos del libro de Carr es que la deriva autoritaria comenzó ya en vida de Lenin, por mucho que luego se consolidara durante los años de Stalin. Por ejemplo, se nos explica lo siguiente sobre el X Congreso del Partido Comunista:
El congreso adoptó una resolución especial bajo el título "Sobre la desviación sindicalista y anarquista en nuestro partido", en la que se declaraba que la difusión del programa de la Oposición Obrera [una facción interna liderada por Alexander Shliapnikov y Alexandra Kollontai] era incompatible con la pertenencia al partido, así como una resolución general "Sobre la unidad del partido". Esta pedía "la completa abolición de todo fraccionalismo"; las cuestiones en disputa podían ser discutidas por todos los miembros del partido, pero quedaba prohibida la formación de grupos con "plataformas" propias. Una vez tomada una decisión, era obligatoria su obediencia incondicional. La infracción de esta regla podía conducir a la expulsión del partido. (...) Como decía Lenin, "en una retirada la disciplina es cien veces más necesaria". Pero la concesión a la organización central del partido de lo que en la práctica era el monopolio del poder tendría consecuencias de largo alcance. En el apogeo de la guerra civil Lenin había aplaudido la "dictadura del partido", y sostenido que "la dictadura de la clase obrera se lleva a la práctica a través del partido". El corolario que extrajo el X Congreso fue la concentración de la autoridad en los órganos centrales del partido. El congreso concedió a los sindicatos cierta autonomía frente a los órganos del Estado obrero. Pero el papel que debían representar venía determinado por el monopolio de poder conferido a la organización del partido.

(E. H. Carr: La Revolución Rusa. De Lenin a Stalin. 1917-1929, p. 51).

Se trata del conocido centralismo democrático que durante tantos años caracterizó la férrea disciplina de los partidos comunistas de todo el planeta. En principio, la idea no parece tan descabellada ni autoritaria (consiste, después de todo, en permitir el debate abierto y sin cortapisas a nivel interno para, una vez adoptada una decisión, exigir la obediencia absoluta a las medidas emanadas de la organización) pero, como suele suceder en tantos otros casos, el problema está en los detalles. Cuando se construyen las bases de una organización severamente disciplinada y jerarquizada según unos principios cuasi-militaristas, la defensa formal del derecho al disenso durante el proceso de debate interno no pasa de ser precisamente eso, algo meramente formal. Las bases aprenden pronto que el precio a pagar por mostrar su desacuerdo con las decisiones de la dirección es demasiado costoso y prefieren callar ante cualquier atropello. O, lo que es lo mismo, Lenin sentó ya las bases sobre las que posteriormente se cimentaría el poder omnímodo de Stalin. Y no se trata sólo de consideraciones organizativas, sino también de actitudes. El leninismo pronto adoptó (en vida del propio Lenin) una actitud mística y religiosa hacia el marxismo, construyendo en torno a él toda una escolástica que fomentaba actitudes dogmáticas y discusiones doctrinarias en las que se descalificaba constantemente al oponente como hereje. La deriva autoritaria que después tomaría el régimen soviético no debe, pues, sorprendernos. No fueron pocos los afiliados y simpatizantes del socialismo democrático que lo vieron venir incluso en aquel entonces, negándose a formar parte de la Tercera Internacional organizada desde Moscú.

jueves, 7 de octubre de 2010

La Revolución Rusa. De Lenin a Stalin. 1917-1929.

Síntesis concisa de la monumental Historia de la Rusia Soviética, escrita por el mismo autor y publicada en cuatro grandes partes por la misma Alianza Editorial en su colección Alianza Universidad. En esta obra, el renombrado historiador E. H. Carr hace un somero repaso a los primeros años de la Revolución de Octubre, los años del comunismo de guerra, la NEP, la muerte de Lenin y el ascenso al poder de Stalin, que llevará a la consolidación definitiva del socialismo en un solo país. Magnífica introducción para cualquiera que pretenda familiarizarse con uno de los principales acontecimientos históricos del siglo XX.

Ficha técnica:
Título: La Revolución Rusa. De Lenin a Stalin. 1917-1929.
Autor: E. H. Carr.
Editorial: Alianza Editorial.
Edición: primera edición, tercera reimpresión, Madrid (España), 1988.
Páginas: 245 páginas.
ISBN: 84-206-1830-6

sábado, 3 de julio de 2010

Pyongyang.

Tras una estancia en la capital de Corea del Norte, el quebequés Guy Delisle narra sus experiencias en el que muchos consideran el último régimen estalinista del planeta. Desde una perspectiva occidental, es difícil de entender una propaganda oficial que sin duda desafía la lógica, así como el feroz sometimiento del individuo a la colectividad (y, por encima de todo, al Partido y su líder). Corea del Norte cuenta con la única dinastía comunista en la Historia, además de un tener un tiránico régimen dictatorial que alcanza todos los recovecos del país al más puro estilo orwelliano. La experiencias más o menos cotidianas de Delisle (digo lo de "más o menos" porque, evidentemente, el régimen se cuida muy mucho de que los extranjeros que viven en el país estén separados del resto de la población y jamás lleguen a contar con la autonomía necesaria para viajar libremente) nos dejan entrever el horror totalitario de un sistema claramente surrealista.

Ficha técnica:
Título: Pyongyang.
Autor: Guy Delisle.
Editorial: Astiberri.
Edición: quinta edición, Bilbao (España), marzo 2009.
Páginas: 176 páginas.
ISBN: 978-84-96815-05-6

domingo, 20 de junio de 2010

Retrato de una Rumania deprimente

Libro negro, negrísimo, éste de Herta Müller. Ya se imagina uno que la Rumania de Ceausescu no debió haber sido precisamente Río de Janeiro en pleno carnaval (como toda dictadura, por otra parte), pero el cuadro que nos presenta este libro es ciertamente deprimente. Al parecer inspirado en la infancia de la propia autora en una aldea rumana de mayoría germana, supura pesimismo, pobreza y opresión por todos sus poros. Algunos de los elementos descritos (apego a lo tradicional, conservadurismo extremo en las formas y actitudes) son, sin duda, comunes al mundo rural en casi cualquier otro país. No obstante, le queda a uno la sensación de que tan extendido está el oscurantismo en la sociedad rumana que retrata Müller que ni siquiera una imposible huída hacia la ciudad sería de gran ayuda. El hecho es que, sin ser una novela política, sin mencionar siquiera a las autoridades ni a las fuerzas del orden (que yo recuerde), nos expone un mundo tan agobiantemente totalitario e imposible de evadir como el 1984 de Orwell, y ello a pesar de que no faltan los momentos más o menos felices en los que algunos de los personajes disfruta momentáneamente de la vida con sus familiares o amigos (por cierto, ahora que menciono 1984, éste es, creo, uno de sus puntos débiles: tan empeñado está Orwell en que nos llegue el mensaje del peligro totalitario que nos dibuja una realidad demasiado sólida y homogénea, demasiado controlada hasta el último detalle por un poder que, en realidad, saldría mucho mejor parado si permitiera que sus súbditos pudieran también disfrutar de la vida de forma algo despreocupada... pero ése es otro tema a tratar en otro lugar). Tiene poco de extraño, pues, que el régimen comunista censurara la obra.

Hasta las descripciones en apariencia más inocentes están revestidas de negritud:
Chillidos de lagartijas en un nido que parece un puñado de barbas de maíz maceradas. A cada ratón desnudo le rezuman los ojillos viscosos. Patitas finas como hilos mojados. Dedos curvos.

(Herta Müller: En tierras bajas, p. 25)

¿Y qué decir de este otro párrafo, cruel a nuestros ojos pero perfectamente normal en el seno de una sociedad rural?
Los gatitos que venían al mundo en invierno eran ahogados en un cubo de agua hirviendo, y los que nacían en verano, en uno de agua fría. Después eran enterrados, invierno y verano, en medio del estercolero.

(Herta Müller: En tierras bajas, p. 58)

Invierno o verano, el destino de los gatos era el mismo: la muerte sin contemplaciones. Lo que más nos afecta es precisamente la naturalidad con que lo narra la escritora. Después de todo, como alguien dijera, solamente es posible mostrar cariño hacia los animales cuando hemos alcanzado un nivel de desarrollo tal que también demostramos respeto hacia nuestros semejantes y los cuidamos en momentos de necesidad. Si la sociedad rumana de la época trataba a los seres humanos como meros peones en el desarrollo de la Historia, algo perfectamente desechable en nombre de la construcción del Socialismo, ¿con qué derecho pensamos que habían de mostrar más amor hacia los animales?

Pese a todo, se encuentra uno con más de un párrafo delicioso en el que la realidad del mundo rural se nos muestra con maestría visto por los ojos de una niña más o menos inocente que no entiende del todo lo que sucede a su alrededor, como puede ser el siguiente ejemplo:
Mi andar tenía en sí algo de las sábanas almidonadas de mi abuela. La primera noche que dormí entre ellas, crujían al menor movimiento y yo creí que era mi piel la que crujía.

(Herta Müller: En tierras bajas, p. 23)

En definitiva, que En tierras bajas no es para espíritus débiles ni para alguien que vaya buscando tan sólo mero entretenimiento junto a la playa.

sábado, 19 de junio de 2010

En tierras bajas.

Crudo retrato de la vida rural en la Rumanía del régimen de Ceausescu, escrito por Herta Müller, premio Nobel de Literatura en 2009. La obra, colección de relatos narrados por una voz infantil que mezcla realidad y fantasía, fue censurada tras su publicación durante la dictadura. En líneas generales, se dibuja un ambiente de pobreza, opresión e incomunicación que traza un negro perfil del régimen comunista rumano de la época. Por si esto fuera poco, Müller pertenece a la minoría rumano-alemana que, durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo algunas conexiones más que discutibles con las tropas invasores de Hitler.

Ficha técnica:
Título: En tierras bajas.
Autor: Herta Müller.
Editorial: Diario Público.
Edición: Madrid (España), 2010. Colección Premios Nobel.
Páginas: 121 páginas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Contra el socialismo en un solo país.

A las críticas que ya he lanzado contra Trotsky en este campo, cabría añadir ahora la siguiente cita:
El programa efectivo de un Estado obrero aislado no se puede proponer por fin "independizarse" de la economía mundial, ni mucho menos edificar "en brevísimo plazo" una sociedad socialista nacional. Su objetivo no puede consistir en obtener el ritmo abstractamente máximo, el ritmo óptimo, es decir, el mejor, sino aquel que se desprenda de las condiciones económicas internas e internacionales, ritmo que consolidará la posición del proletariado, preparará los elementos nacionales para la sociedad socialista internacional del mañana, y a la par y sobre todo, elevará sistemáticamente el nivel de vida de la clase obrera, robusteciendo su alianza con las masas no explotadoras del campo. Y esta perspectiva debe regir íntegra durante toda la etapa preparatoria, esto es, hasta que la revolución triunfe en los países más avanzados y venga a sacar a la Unión Soviética del aislamiento en que hoy se halla.

(León Trotsky: p. 46)

Se trata, una vez más de una retórica intachable que, sin embargo, tiene más bien poco contenido. Trotsky critica frontalmente el concepto de socialismo en un solo país, cierto. Habla de la revolución socialista mundial como el objetivo, también cierto. Pero lo que no acierta a responder es cómo pueden actuar los gobernantes soviéticos desde la realidad histórica que les tocó vivir. Adviértase, en este sentido, la etérea descripción que hace Trotsky del camino a seguir: alcanzar e imponer el "ritmo que consolidará la posición del proletariado, preparará los elementos nacionales para la sociedad socialista internacional del mañana, y a la par y sobre todo, elevará sistemáticamente el nivel de vida de la clase obrera, robusteciendo su alianza con las masas no explotadoras del campo". ¿Y qué significa exactamente toda esta palabrería? ¿Qué medidas concretas defiende para marcar esa línea? ¿En qué demonios consiste el "ritmo que consolidará la posición del proletariado"? ¿En elevar el nivel de vida de la clase obrera, quizá, como dice a continuación? ¿Y no es eso acaso lo que quiso hacer el régimen soviético, por más que fracasara estrepitosamente en el intento?

Para concluir, que uno no acierta a ver en Trotsky y sus propuestas alternativa seria alguna al fracaso calamitoso que acabó por suponer el comunismo soviético. A lo mejor, en lugar de mirar a otras corrientes comunistas para ver si traen la salvación a su crisis actual, los comunistas harían mejor en reconsiderar sus planteamientos desde cero. A mí, desde luego, me parece mucho más lógico y sensato.

martes, 8 de diciembre de 2009

Concepto central de la revolución permanente.

He aquí el concepto central del libro:
La teoría de la revolución permanente, resucitada en 1905, declaró la guerra a estas ideas, demostrando que los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas, conducían, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y que ésta ponía a la orden del día las reivindicaciones socialistas. En esto consistía la idea central de la teoría. Si la opinión tradicional sostenía que el camino de la dictadura del proletariado pasaba por un prolongado período de democracia, la teoría de la revolución permanente venía a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la democracia pasaba por la dictadura del proletariado. Con ello, la democracia dejaba de ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialistas, unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución democrática y la transformación socialita de la sociedad se establecía, por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente.

El segundo aspecto de la teoría caracterizaba ya a la revolución socialista como tal. A lo largo de un período de duración indefinidad y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este proceso de transformación cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior. Este proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación. A las explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas "pacíficas". Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal.

El carácter internacional de la revolución socialista, que constituye el tercer aspecto de la teoría de la revolución permanente, es consecuencia inevitable del estado actual de la economía y de la estructura social de la humanidad. El internacionalismo no es un principio abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político de carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases. La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo demuestra la experiencia de la Unión Soviética. Sin embargo, con la existencia de una dictadura proletaria aislada, las contradicciones interiores y exteriores crecen paralelamente a los éxitos. De continuar aislado, el Estado proletario caería, más tarde o más temprano, víctima de dichas contradicciones. Su salvación está únicamente en hacer que triunfe el proletariado en los países más progresivos. Considerada desde este punto de vista, la revolución socialista implantada en un país no es un fin en sí, sino únicamente un eslabón de la cadena internacional. La revolución internacional representa de suyo, pese a todos los reflujos temporales, un proceso permanente.

Los ataques de los epígonos van dirigidos, aunque no con igual claridad, contra los tres aspectos de la teoría de la revolución permanente. Y no podía ser de otro modo, puesto que se trata de partes inseparables de un todo. Los epígonos separan mecánicamente la dictadura democrática de la socialista, la revolución socialista nacional de la internacional. La conquista del poder dentro de las fronteras nacionales es para ellos, en el fondo, no el acto inicial, sino la etapa final de la revolución: después, se abre un período de reformas que conducen a la sociedad socialista nacional.

(León Trotsky: pp. 59-61)

Se hace necesaria una aclaración con respecto al primer punto, pues el concepto marxista de dictadura del proletariado ha sido a menudo entendido incorrectamente como equivalente a un régimen autoritario o dictatorial. Tiene poco de extraño que se haya dado tal equivocación, por otro lado, pues no hemos conocido históricamente ninguna dictadura del proletariado que no haya tenido dicho carácter, dicho sea de paso. Pero, en cualquier caso, el concepto de dictadura del proletariado definido por Marx conectaba directamente con el significado del vocablo dictadura en la Edad Antigua y no implicaba la imposición de una dictadura de partido (piénsese en la Roma clásica, y no en el moderno Estado totalitario). En otras palabras, Marx concebía la democracia burguesa como un régimen que, en realidad, no permite su propia transformación, se cuente o no con el apoyo democrático de la mayoría. Esto es así debido al hecho de que representa la forma política de Estado que mejor se adapta a los intereses económicos de la burguesía. Pues bien, frente a ello, Marx pensaba que el proletariado vendría a instaurar un régimen similar. Se trata, pues, de una dictadura económica, más que política o social, de la misma forma que la democracia representativa contemporánea también nos impone el sistema capitalista (retocado o no, mixto o no, pero sistema capitalista al fin y al cabo) como realidad económica imperante.

Habría también que recordar, con respecto a este primer aspecto del concepto de revolución permanente, que en el periodo de postguerra (esto es, tras la Segunda Guerra Mundial) no fueron pocos los países colonizados que alcanzaron su independencia aplicando una estrategia similar a la definida por Trotsky en esta obra: saltando por encima del periodo de democracia burguesa prolongada e instaurando directamente la dictadura del proletariado. Todos sabemos ya cómo acabaron dichos experimentos.

Con respecto al segundo punto (esto es, el carácter permanente de la revolución y sus transformaciones), se trata de algo que Mao trató de poner en práctica cuando lanzó su Revolución Cultural en los años sesenta y que, de hecho, se convirtió durante un tiempo en elemento central del maoísmo. No son pocos quienes aún afirman desde la izquierda revolucionaria que idea contiene de hecho la receta fundamental contra la burocratización del Estado y, en último término, la traición a la revolución misma que se dio en la URSS. Y, sin embargo, el hecho de que dicha estrategia fracasara allí donde se ha intentado aplicar (España durante la Guerra Civil gracias al apoyo del POUM y los anarquistas, empeñados en llevar adelante su "revolución en la revolución" o, como decíamos, el maoísmo chino durante los años sesenta) ya debiera darnos qué pensar. La fe trotskista en una revolución que se produce de forma continua hasta que acaba de extenderse por todo el planeta, conduciendo al triunfo final del socialismo, suena precisamente a eso: pura fe.

Y tenemos, por último, el tercer punto (el del carácter internacional de la revolución), íntimamente ligado al segundo, por supuesto. Aquí no queda más remedio que reconocerle a Trotsky el mérito de ser consecuente con las ideas de Marx, quien jamás imaginó la posibilidad de que el socialismo pudiera llegar a implantarse en un solo país. Sin embargo, tampoco es menos cierto que es bien fácil mantener dicha posición cuando no se tienen responsabilidades políticas al frente de un Estado como el soviético, donde ha triunfado aparentemente la revolución obrera y, sin embargo, fracasados los movimientos subversivos que se dieron en 1918 en países como Alemania o Hungría, se ha hecho bien patente la imposibilidad de extenderla a los países de su entorno. ¿Qué hacer entonces? ¿Entregar el poder a la burguesía y restaurar el capitalismo? ¿Lanzar ataques contra los países limítrofes? En fin, la papeleta no era nada fácil. Lo cierto es que la revolución triunfó en Rusia y fracasó en todos los demás países. Y también es igualmente cierto que las naciones capitalistas lograron mantener el peligro revolucionario a raya y establecer un sólido muro de contención. Esa era la realidad con la que tenían que verse los estadistas soviéticos.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Discusiones escolásticas y personalismos varios.

Si algo llama la atención sobre este volumen para alguien que lo lee un poco "desde fuera" (esto es, para alguien que no se siente identificado con la propuesta comunista) es la excesiva carga de personalismo y discusiones escolásticas que tenían lugar entre los miembros de la Internacional Comunista por aquellas fechas. Visto lo visto, tiene poco de extraño, desde luego, que se les echara el toro encima y no reaccionaran a tiempo frente al fascismo y el nazismo. Si Marx criticara los excesos irracionales del anarquismo y la escasa enjundia teórica del socialismo utópico, seguramente cabe también criticar las bizantinas discusiones sobre el sexo de los ángeles en que a menudo cayeron sus seguidores durante las décadas que siguieron a su muerte. En este sentido, La revolución permanente es una buena ilustración de este comportamiento hiper-teorizante y demasiado volcado sobre sí mismo que pareció apoderarse del movimiento comunista al poco de llegar al poder en Rusia (al menos en lo que respecta a Trotsky y los suyos, porque parece claro que si de algo pecaron sus oponentes, quienes apoyaon a Stalin y su despótico régimen del terror, fue precisamente de lo contrario: un chato pragmatismo que exigía sacrificarlo todo en el altar del socialismo en un solo país o, lo que es lo mismo, supeditar las estrategias en todos sitios a los intereses del nacionalismo ruso).

Pero, en fin, entremos en materia. Quizá haya quien piense que mis palabras son demasiado duras, sobre todo teniendo en cuenta que durante mucho tiempo se ha pensado en ciertos sectores de la izquierda que la teoría de la revolución permanente y el trabajo de Trotsky en general podían representar la corriente más "auténtica" del comunismo ruso. No vamos a discutir aquí si Trotsky cometiera o no sus excesos durante la guerra civil contra los rusos blancos (que sin duda los cometió), ni tampoco si en el caso de haberse hecho con el poder podría haber instaurado una dictadura tan cruenta como la de Stalin (lo que me parece bastante probable), sino que limitaremos nuestro comentario al texto en cuestión. Pues bien, el libro está repleto de citas como la siguiente:
Dejaré fijado aquí que Lenin, como he visto confirmado con particular evidencia ahora al leer sus viejos artículos, no llegó nunca a conocer el trabajo fundamental a que he aludido más arriba. Esto se explica, por lo visto, no sólo por la circunstancia de que la tirada del libro Nuestra revolución, publicado en 1906, fuera confiscada casi inmediatamente cuando ya todos nosotros nos hallábamos en la emigración, sino acaso también por el hecho de que los dos tercios del citado libro estaban formados por antiguos artículos y de que muchos compañeros —como pude comprobar después— no lo leyeron por considerarlo una compilación de trabajos ya publicados. En todo caso, las observaciones polémicas dispersas, muy poco numerosas, de Lenin contra la revolución pemanente se basan casi exclusivamente en el prefacio de Parvus a mi folleto Hasta el 9 de enero, en su proclama, que yo entonces desconocía, Sin zar, y en los debates internos de Lenin con Bujarin y otros. Nunca ni en parte alguna analiza ni cita Lenin, ni de paso, mis Resultados y perspectivas, y algunas de las objeciones de Lenin contra la revolución permanente, que evidentemente no pueden referirse mí, atestiguan directamente que no leyó dicho trabajo.

(León Trotsky: p. 88)

Y, se pregunta uno: ¿a quién diantres le importa si Lenin leyó tal o cual libro, tal o cual articulito de marras? Tenemos aquí un ejemplo perfecto de escolasticismo y hermenéutica cuasi-religiosa sobre los textos sagrados del profeta. Lo importante, al parecer, es saber qué opinaba Lenin sobre tal o cual teoría, tal o cual posicionamiento estratégico o incluso táctico, porque se se oponía frontalmente a él, entonces no queda más remedio que tirarlo a la papelera. Tiene poco de extraño, pues, que los comunistas rusos desarrollaran después el tan denostado culto a la personalidad que vino a caracterizar los años del estalinismo. No se trata, parece bien claro, de un fenómeno limitado a Stalin y su séquito, sino que, por el contrario, es un defecto que estaba presente ya en el leninismo inicial, y que afecta a Trotsky tanto como a los demás. Uno puede entrar a discutir si el personalismo estaba ya presente en la doctrina marxista como tal o, por el contrario, se trata de un añadido leninista, pero de lo que no cabe duda alguna es de que podemos verlo en páginas y páginas de este libro. De hecho, casi todo el volumen es un intento de Trotsky de justificar sus teorías contra las de Stalin recurriendo al supuesto favor del "profeta" Lenin. Como decíamos, uno no acierta a ver la diferencia entre este tipo de argumentación y la que se emplearía en una disputa teológica cualquiera: gana quien demuestre ser más fiel a la interpretación literal de los textos sagrados.

Este carácter semi-sagrado que se concede a la figura de Lenin queda aún más patente en otras partes del libro, como en la siguiente cita:
Naturalmente, desde el punto de vista formal, Radek puede apelar de vez en cuando a Lenin. Y es lo que hace: esta parte de los textos, todo el mundo la "tiene a mano". Pero, como demostraré más adelante, las afirmaciones de este género hechas por Lenin respecto a mí tenían un carácter puramente episódico y eran erróneas, esto es, no caracterizaban en modo alguno mi verdadera posición, ni aun la de 1905.

(León Trotsky: p. 107)

Nótese que Trotsky no argumenta (de hecho no lo hace ni una sola vez en este libro) que Lenin pudiera estar equivocado. Se limita a afirmar, una y otra vez, que sus enemigos no entendieron al "maestro" correctamente o incluso han tergiversado sus palabras, pero jamás se plantea siquiera la posibilidad de que Lenin pudiera estar equivocado.

En fin, no vamos a continuar por esta línea porque, como digo, el libro entero está trufado de ejemplos de esta actitud escolástica y dogmática. Si acaso, acabemos esta entrada con una cita más en la que queda bien claro no sólo esta actitud, sino también el aire general de disputa meramente personal que llega a adoptar este libro en numerosos pasajes:
Las mismas cuestiones, pero acaso con una fórmula aún más acentuada, se refieren a la revolución de 1917. Desde Nueva York juzgué en una serie de artículos la Revolución de Febrero con el punto de vista de la teoría de la revolución permanente. Todos estos artículos han sido reproducidos. Mis conclusiones tácticas coincidían por completo con las que Lenin deducía simultáneamente desde Ginebra, y, por lo tanto, se hallaban en la misma contradicción irreconciliable con las conclusiones de Kámenev, Stalin y otros epígonos.

Cuando llegué a Petrogrado, nadie me preguntó si renunciaba a los "errores" de la revolución permanente. Y no había por qué. Stalin se escondía púdicamente por los rincones, no deseando más que una cosa: que el partido olvidara lo más pronto posible la política sostenida por él antes de la llegada de Lenin. Yaroslavski no era aún el inspirador de la Comisión de Control, sino que estaba publicando en Kakutsk, en unión de los mencheviques, de Ordzhonikidze y otros, un vulgarísimo periódico semiliberal. Kámenev acusaba a Lenin de "trostkismo", y al encontrarse conmigo, me dijo: "Ahora si [sic] que está usted de enhorabuena".

(León Trotski: pp. 167-168)

Y en esa línea de dimes y diretes transcurre buena parte del libro. Cierto, hay otros pasajes que pueden dar lugar a fructíferas reflexiones y trataremos aquí sobre algunos de ellos. Pero, en líneas generales, me parece que este tomo es una pérdida de tiempo, a no ser que uno se acerque a él con algún interés histórico particular.

sábado, 5 de diciembre de 2009

La revolución permanente

Uno de los libros señeros del pensamiento comunista, aunque a mi parecer bastante añado. En La revolución permanente, Trotsky argumenta a favor de la revolución democrático-burguesa como paso previo y necesario para el triunfo final del socialismo, aunque sea liderada por el proletariado en aquellos países en los que la burguesía no cuenta con suficiente fuerza. Asimismo, Trotsky teoriza en este volumen sobre la necesidad de extender la revolución más allá de las fronteras rusas (esto es, de internacionalizarla) como única garantía de su triunfo final. Como digo, el tomo se ha quedado, creo, bastante anticuado, aunque constituya un elemento esencial para entender las disputas internas del comunismo, por ejemplo.

Ficha técnica:
Título: La revolución permanente.
Autor: Leon Trotsky.
Editorial: Diario Público.
Edición: edición especial de diario Público, Madrid, 2009.
Páginas: 253 páginas.
ISBN: 437008-877778

lunes, 2 de noviembre de 2009

Pacifismo y comunismo.

Hay que reconocerle a Sacristán su honestidad intelectual, al menos en lo que respecta a su disponibilidad para plantearse cuestiones que, en principio, poca gente está dispuesta siquiera a considerar dentro de la izquierda comunista. Por ejemplo, en 1981 se plantea la siguiente cuestión con respecto al pacifismo:
Lo diré provocativamente puesto que se trata de provocar a la discusión: si la III Internacional o Gandhi. Sin duda Gandhi no ha conseguido una India artesana, pero la III Internacional tampoco ha conseguido un mundo socialista, de modo que por ahí se andan, tal vez, y en todo caso el aprovechamiento de la lección de Gandhi debería servir de verdad para potenciar a la larga políticamente los movimientos alternativos, los pequeños núcleos marginales o no tan marginales que existen, consiguiendo hacer un puente entre ellos y el grueso del movimiento obrero, al que considero de todos modos el protagonista principal.

(Manuel Sacristán: p. 29)
Puedo uno imaginar la reacción de muchos comunistas esa época, en la que tan recurridas eran las acusaciones de traición y aburguesamiento.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Los límites al crecimiento y el economicismo de izquierdas.

A partir de los informes del Club de Roma, no son pocos quienes en el seno de la izquierda comienzan a adquirir lentamente conciencia de los llamados límites al crecimiento. Manuel Sacristán es precisamente uno de los primeros intelectuales comunistas que aciertan a ver esta tendencia y se esfuerza por integrarla dentro del marco teórico marxista y comunista. Así, en un momento en el que la izquierda tradicional (tanto comunista como socialista, todo hay que decirlo) aún está claramente dominada por las preocupaciones fundamentalmente economicistas de antaño, Sacristán advierte ya en 1979:
Por el modo como hemos aprendido finalmente a mirar a la Tierra, sabemos que el agente [revolucionario] no puede tener por tarea fundamental el "liberar las fuerzas productivas de la sociedad" suspuestamente aherrojadas por el capitalismo.

(Manuel Sacristán: p. 15)

La tradición marxista consistía en prometer una alternative incluso más eficiente económicamente que el capitalismo. No olvidemos la fanfarronada de Kruschev advirtiendo al capitalismo occidental a principios de los sesenta que la URSS pronto les superaría en todos los frentes, incluido el de la mera producción de bienes. La alternativa soviética, pues, no parecía consistir tanto en una forma distinta de hacer las cosas como en la promesa de mayor producción, mayor consumo y, eso sí, mayor justicia social. Pero la filosofía productivista que subyace a la ideología capitalista se mantiene firme. Esto es precisamente lo que pone en solfa Sacristán a finales de los setenta, lo cual tiene su mérito, pues no sería hasta la década de los ochenta cuando este tipo de preocupaciones centrada en la crisis ecológica llegue (y, aun entonces, muy débilmente) a nuestro país. Ahí sí que hay que reconocerle a Sacristán, cuando menos, su capacidad para pensar como un intelectual avant la lettre, lo cual no es moco de pavo para un país como el nuestro, tradicionalmente a remolque de lo que ha ido sucediendo en otros lugares.

jueves, 5 de junio de 2008

Estatismo versus individualismo.

Sin duda, el gran debate ideológico del siglo XX (aparte de la disputa entre democracia y totalitarismo, concluido con la caída del Muro de Berlín en 1989, por más que algunos aún no hayan sabido asimilar su fin) fue el que enfrentaba a las posiciones estatistas de la izquierda con el individualismo de la derecha.
Tanto liberales como conservadores reconocían la aspiración individual. El tema era cómo avanzar mejor. Los conservadores veían el gobierno, en casi todas sus formas, como opuesto a las libertades individuales. Era un mal necesario, pero que necesitaba frenarse de vez en cuando. El joven político laborista creía que el principio rector de un partido moderno de centro-izquierda era que las personas prosperaban en comunidades sólidas. El estado podía y debía ser amigo del individuo, una fuente de seguridad en un mundo que cambia rápidamente. Margaret Thatcher había acertado en casi todo en los años ochenta, sobre todo en la economía de mercado. Pero se había equivocado al elaborar la idea de sociedad. Por su parte, el Partido Laborista había perdido su argumento por defecto. En opinión de Blair, había confundido el concepto de comunidad con la idea de un estado centralizado fuerte.

(Stephens: p. 71)

Tenemos planteado aquí, una vez más, el tema del zoon politikon de que hablábamos ayer. En buena medida, la posición que uno adopte con respecto a este tema dependerá de sus opiniones sobre la disputa entre individuo y sociedad, una de esas cuestiones eternas del pensamiento político que seguramente jamás se resolverá satisfactoriamente. Ahora bien, me parece correcto pensar, como hace Blair, que el laborismo británico hasta tiempos bien recientes había confundido el concepto de comunidad con un Estado hipertrofiado y omnipresente. Se trata de una concepción del papel del Estado que en buena parte ya había sido abandonada por los socialdemócratas alemanes (así como los escandinavos o los holandeses) hacía mucho tiempo, y que también dejaron en la cuneta los socialistas españoles y franceses a principios de los años ochenta. Sin embargo, los laboristas británicos, quizás porque no tenían responsabilidades de poder, aún andaban demasiado apegados a un estatismo anticuado.

Pero, ¿quiere todo esto decir que no haya más opción que elegir entre uno de los dos bandos, el estatismo o el individualismo? Precisamente ahí es donde entra Blair a defender una posición que, una vez más, ya había sido adoptada en la Europa continental con anterioridad: el individuo per se, como algo absolutamente independiente de la sociedad en la que vive y desarrolla su actividad, es una pura entelequia; pero precisamente debido a la presencia de una conciencia individual en el ser humano que no existe en otros animales, tampoco es conveniente proponer su sometimiento a la comunidad. No queda, pues, más remedio que optar por un camino intermedio siempre bien difícil de concretar. Podemos llamar a esto Tercera Vía, socialismo liberal, socialdemocracia o lo que se quiera, pero me parece evidente que es la mejor opción posible. Se trata, además, de una opción también adoptada por la democracia cristiana.

miércoles, 4 de junio de 2008

Influencia de Macmurray y el comunitarismo cristiano en Blair.

No me ha sorprendido nada leer que la vocación política de Tony Blair estuvo siempre unida, ya desde los comienzos, a una firme convicción cristiana. Esto no es nada extraño en el mundo anglosajón, donde uno puede encontrarse sin problemas a figuras bien representativas de la izquierda que compaginan su fe (casi siempre) cristiana con un íntimo anhelo de justicia social, algo que a nosotros nos resulta más bien extraño debido al histórico entramado de intereses políticos y económicos que casi siempre unió a la Iglesia con la élite de los poderosos por estos lares. Pues bien, según leo en el libro de Philip Stephens, la inspiración teológica de Blair siempre estuvo bastante cercana a la figura del pastor cuáquero y filósofo comunitarista John Macmurray (se puede encontrar un interesantísimo artículo sobre sus ideas aquí). Stephens pasa a hacer un breve resumen de la filosofía de Macmurray que merece la pena citar aquí:
Su idea principal era el concepto de comunidad: la creencia de que la realización personal depende de la asociación con otros y de la confianza. Macmurray desafió la visión entonces en boga de que las sociedades están totalmente definidas por los individuos que las componen. Argumentaba que la relación era precisamente la contraria: los individuos se forman por su relación con el resto de la comunidad en la que han crecido. La familia era fundamental para este modelo, porque ponía los cimientos para unas redes más amplias, de las que dependen las sociedades sólidas.

(Stephens: p. 36)

Se trata de la vieja reivindicación aristotélica del hombre como animal político (zoon politikon) que recorre el pensamiento político occidental desde sus inicios hasta nuestros días, al menos en su vertiente más socializante. Junto a esta corriente, existe también otra más centrada en el individuo, por supuesto, y que cobró una importancia destacada a raíz del éxito electoral de figuras como Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los años setenta y ochenta, y que pudo entenderse en buena medida como la necesaria reacción a lo que fueron ciertos excesos colectivistas de la izquierda, sobre todo en el caso británico. A finales de los setenta, estaba bien claro que el colectivismo soviético había fracasado (el final espectacular del experimento comunista no llegaría hasta 1989, pero ya hacia 1973 estaba bien claro que la URSS de Breznev distaba mucho de ser la solución a los problemas que el mundo tenía planteados), pero además se habían notado ya los primeros problemas serios con un Estado del Bienestar demasiado esclerotizado y burocratizado. En otras palabras, la década de los ochenta empujó a las sociedades occidentales en la dirección opuesta, hacia el individualismo exarcebado. Pues bien, el comunitarismo apareció en este contexto durante los noventa como un tercer camino entre los excesos del colectivismo sovietizante y del individualismo neoliberal. Tanto el movimiento de los New Democrats como el de New Labour han de interpretarse en este contexto y se tratan, en principio, de tendencias con las cuales me identifico. No obstante, aún he de dedicarle algo de tiempo al estudio de los autores comunitaristas y sus propuestas para hacerme una idea clara de cuál es mi posición con respecto a ellos, pues creo identificar en algunos de sus postulados una propensión a la política identitaria que no comparto para nada.