Mostrando entradas con la etiqueta Balada de las noches bravas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Balada de las noches bravas. Mostrar todas las entradas

jueves, 11 de agosto de 2011

"Balada de las noches bravas": bien, pero sin pasarse

En conclusión, Baladas de las noches tristes está bien. Se disfruta con su lectura, siempre y cuando uno prefiera más las novelas de "alta literatura" o "literatura seria" que la de best sellers. Si uno prefiere los libros que se leen como películas, donde la acción transcurre a velocidad vertiginosa y siempre hay algún misterio que resolver, el libro de Ferrero se quedará corto. No hay por qué hablar bien de lo uno y denostar lo otro. Simplemente estoy haciendo una advertencia para los distintos tipos de lectores que hay ahí fuera. Es más, incluso para quienes disfrutan con la literatura con pretensiones más artísticas (por contraposición a la que solamente aspira a entretener), este libro de Jesús Ferrero puede quedarse corto. Definitivamente, no llega a estar a la altura, creo, de obras anteriores como Opium o Bélver Yin. Aquellas otras novelas tenían una cierta sensualidad que, aunque presente en esta otra, no llega a adquirir forma. Balada de las noches tristes casi se lee en ocasiones como la larga (quizá demasiado larga) historia de un grupo de chavales más o menos afortunados en comparación con la mayoría de españoles en aquella época tan gris del tardofranquismo que no hacen sino dar bandazos de un sitio a otro sin dirección alguna y perder el tiempo en devaneos propios de quien tiene mucho tiempo entre sus manos. Sé que suena duro, pero es así.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Religión, ética y costumbres en la Grecia clásica

Sobre el modo que tenían los antiguos griegos de entender la religión y la ética:
Nada me ha sorprendido más de los antiguos griegos que el hecho de constatar que les preocupaba mucho más la conducta moral, la ética y sus relaciones consigo mismos y con los otros que los problemas sexuales o religiosos. ¿En qué nos convertimos tras la muerte? ¿Qué son los dioses? Esas preguntas no tenían importancia alguna para ellos porque no estaban ligadas a la ética, y la ética a su vez no estaba ligada a un sistema legal. Por ejemplo, las leyes contra la mala conducta sexual eran escasas, por no decir inexistentes. Eso no les importaba demasiado, lo que de verdad les interesaba era la construcción de una moral que fuese en realidad una estética de la existencia.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, pp. 323-324)

No sé hasta qué punto todo esto pueda ser cierto, aunque sin duda algo de verdad hay en ello. La religión de la Grecia clásica (o de la Roma antigua, igualmente) era demasiado ambigua, abierta y tolerante. Le faltaba lo que quizá le sobra a las grandes religiones monoteístas: un sólido corpus doctrinario. La humanidad pasó de concebir la religión como conjunto de historias para dar sentido a la existencia a construir una religión como credo dogmático, como sistema de creencias indubitables que imponer a los demás. Dudo mucho que hayamos ganado nada con dar ese paso, salvo quizá en lo que respecta a sentir una mayor seguridad en nuestra fe (con todo lo que ello conlleva de puerta a la intolerancia).

¿Amar es querer ser amado?

Interesante cita recogida del libro:
Amar es querer ser amado —había dicho Lacan.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, p. 245)

Ignoro si esas fueron realmente palabras de Lacan, y no me apetece lanzarme ahora a hacer búsquedas por la Web. Suena, no obstante, algo pesimista. Muy lejos de aquella idea romántica de amor, desde luego. Casi se diría, pues, que para Lacan el amor no es sino otra forma de solipsismo, si bien puede que esté oculto y solapado, precisamente para hacerlo más eficaz como tratamiento psicológico contra los males de la soledad. No habría nunca, entonces, amor del otro, sino únicamente amor de uno mismo, de una u otra forma.

El sinsabor de la ruptura

La relación de Ciro, el protagonista de la novela, con Beatriz es algo peculiar. Un amor infantil que crece en obsesión en la edad madura. Una relación tal vez insana y alocada. De ahí quizá el sinsabor de la ruptura, que se produce en más de una ocasión:
Llegamos al alba, aún bajo las luces de la noche que se extinguía, y al arrojarme a la cama pensé que de poco servía amar y haber consumido noches y más noches dando más de la mitad del alma a otro. Todo llegaba a su momento de entropía, a su punto muerto. Ahora sentía paletadas de tierra amarilla sobre mi cabeza, en una fosa llena de cal viva y cal muerta. De pronto mi vida con ella parecía tan insufrible que me daban ganas de jugar a la ruleta rusa. Su mirada de asco hacia mí llenaba de oscuridad las estaciones del pasado, las ciudadaes a las que llegábamos al alba, los amigos que habíamos ido dejando por el camino, todo.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, p. 241)

Esa misma sensación se ve acrecentada apenas dos páginas más allá:
Felizmente la ruptura se ha consumado, la ruptura espacial, que es la que importa, y he aquí que al fin se halla sola, en una hermosa cama que huele a sábanas limpias, respirando con un placer que hace mucho no experimenta, abierta a la vida y a todos [sic] las embestidas del destino, abierta a hombres que se deslizan por la noche como vampiros exquisitos, que tienen algo de vertiginosamente femenino en su forma de acariciar, que son suaves, elegantes, decididos... O todo lo contrario: hombres duros como diamantes, algo enloquecidos pero profundamente románticos y muy ágiles y zalameros en la cama. O quizá hombres anónimos, en habitaciones de hotelpara una sola noche, o dos... Hombres, hmbres, hombres. Cualquier hombre en realidad menos yo, encarnación en ese momento del espíritu de la pesadez.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, p. 243)

Triste final de una historia de amor.

Leyendo "Rayuela" como un folletín por fascículos

Maravillosa forma de lectura por capítulos:
(...) Al día siguiente subimos al tren que habría de dejarnos finalmente en París, ciudad que volvía a parecernos a la medida de nuestro deseo tras leer ese verano Rayuela, en un ejemplar del que Beatriz iba arrancando las páginas para pasármelas a mí. Esa modalidad de lectura me fue creando la impresión de estar leyendo un apasionante folletín sobre los misterios de París, compuesto de cuadernos y más cuadernos bien nutridos de discusiones amenas, amores trágicos, muertes de niños inocentes, borracheras existencialistas y divinas comedias bajo el cielo de París, en un tiempo de cerezas que se iba tornando amargo.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, pp. 230-231)

Claro que quizá no sea la mejor forma de leer precisamente Rayuela, que si por algo se caracteriza es precisamente por la falta de formalidad alguna en su estructura, lo que permite al lector leer sus capítuclos de la forma que crea más conveniente. En todo caso, sueña uno con un tiempo en el que quzá la gente tomara la decisión de mudarse a una ciudad por influencia de un libro o un autor determinados. Quizá eso no existiera nunca, pero suena bonito.

martes, 9 de agosto de 2011

¿Se conquista por los ojos o por la palabra?

Vieja cuestión de debate, supone uno:
No me atrevo a ser tan romántico —dije de pronto yo, tras apurar my copa—. El amor es lo mismo que la guerra —y me encogí de hombros—. Como dijo una reina de Francia, plaza que parlamenta está medio conquistada, y si bien el primer beso se da con los ojos, como ha dicho Alvar, conquistamos con la palabra.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, p. 143)

Desde luego, no me cabe duda de que lo primero que nos llama la atención es lo que nos entra por el ojo. Sin embargo, si después falla la conversación, se dice que la cosa "no llega a encajar". Y, por último, no conviene olvidar la importancia de "la química" que, aunque suele tomarse como sinónimo de similitud de caracteres, quizá convenga interpretar más bien literalmente como atracción olfativa a través de las feromonas. El aspecto éste, empero, suele quedar siempre en la cuneta. Se nos está atrofiando el sentido del olfato.

Contraposición de amor infantil y amor adolescente o maduro

Comparación del amor vivido desde la infancia con el que se experimenta en la adolescencia y la madurez:
El contenido de mis sospechas me obligó a ser consciente de la diferencia entre el amor en la infancia y en la adolescencia. Podía ser que en la infancia la piel se enardeciera como después o más, pero quizá no se llegaba a ninguna forma de profundidad mental porque las almas no se enredaban en un denso tejido de malentendidos, hijos de los pliegues que las conciencias sólo empiezan a tener már tarde, cuando ya sienten y saben que la transparencia es una ilusión, y que el amor es una sucesión de preguntas mal formuladas y respuestas mal entendidas.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, pp. 133-134)

O, lo que es lo mismo, que la edad lo complica todo, tal vez muy a nuestro pesar.

Fragmento autobiográfico de un joven inquieto

El siguiente fragmento tiene toda la marca de ser realmente autobiográfico, de tratarse de una descripción del propio Jesús Ferrero como adolescento sensible e inquieto, interesado por las artes y necesitado de encontrar la válvula de escape que le permitiese expresar todo eso que llevaba dentro:
...en muy poco tiempo pasé, casi sin mediación, de la literatura juvenil a leer El extranjero y La náusea, a los quince años, y las novelas de Fizgerald y Hemingway a los dieciséis. Poco después descubrí a los surrealistas y empecé a leer traducciones en español y francés de poesía china y japonesa, y más tarde me acerqué a la novela iberoamericana, al nouveau roman y al noveau cinema, de forma que llegué al final del bachillerato convertido en un pedante peligroso y enloquecido.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches tristes, p. 116)

La descripción llega a lo más hondo porque, como adolescente, tampoco me diferenciaba mucho de lo que ahí describe Ferrero. Eso sí, él tomó el camino de la literatura y el arte y yo preferí el del ensayo y la militancia política (sin que ello implique, ni muchísimo menos, que no tuviera también mis inquietudes literarias y artísticas). Eso sí, el punto en común de ambos casos es la pedantería y el enloquecimiento a fuer de caminar por un camino nada trillado a esa edad.

lunes, 8 de agosto de 2011

La infidelidad como fórmula para reinventarse a uno mismo

Ferrero habla en la página 86 de la infidelidad como especie de fórmula para reinventarse a uno mismo en un momento determinado de la vida:
De pronto, pensé que mi padre quería matarnos a mi madre y a mí, y que aquello que acababa de leer la maestra era una especie de revelación del destino. En parte me equivocaba; más que matarme a mí o matar a mi madre, mi padre quería matarse a sí mismo: convertirse en otro. Todos queremos convertirnos en otro varias veces en la vida, y por eso se estaba arrojando a los brazos de la madre de mi amiga.

(Jesús Ferrero: Baladas de las noches tristes, p. 86)

Suele ser lo que a menudo denominamos crisis de los cuarenta. Uno se pregunta cuántos casos de amoríos e infidelidades conyugales pueden tener su origen en este necesidad de "reinventarse".

Desazón ante la tentación de la carne.

Me gusta la forma en que Ferrero expresa le desazón de Camilio (jesuita, pero mujeriego impenitente) mientras se dispone a entrar en la casa de Verónica, una antigua novia "de carne blanca y voluptuosa":
Avanzaba, retrocedía.
Avanzaba de nuevo.
Pensaba que le esperaban las fuentes más vivas del placer, las que conectaban directamente con el pasado y con lo que había quedado pendiente.
Sentía que le aguardaba la fusión de la carne.
Oh, Dios, la fusión nuclear de la materia que siente.
Lo creía mientras avanzaba, lo sabía cuando retrocedía y cuando avanzaba de nuevo.
Lo recordaba.

(Jesús Ferrero: Balada de las noches bravas, pp. 33-34)

Me parece maravillosa esa expresión de la desazón que se adueña del alma de Camilo, pero tiene uno la sensación de que lo estropea con los comentarios sobre la "fusión de la carne", sobre todo en el momento de convertirlo en "fusión nuclear de la materia que siente", donde el autor roza lo ridículo y rimbombante.

Balada de las noches bravas

Novela sobre la bravura del amor, sobre sus momentos infernales y celestiales, que tiene como marco la generación que creció bajo el franquismo, presenció el crepúsculo de las ideologías y disfrutó del rock and roll. Una mujer, Beatriz, va a ser testigo privilegiado de esta ceremonia descrita desde la intimidad de un narrador que la ama y la persigue, de forma que la novela se convierte en una historia presidida por Eros, en todas sus variantes sentimentales y sexuales. Es también la historia de los últimos afrancesados que vieron nuestro país, hijos de una época en la que París era todavía el faro que guiaba a muchos aprendices de escritor que acababan convergiendo en ella y que en ella conocían el amor y el desamor.

Nueva novela de Jesús Ferrero, de quien ya leí en su momento Bélver Yin y Opium, allá en la segunda mitad de la década de los ochenta, cuando me mudé a vivir en Madrid para realizar mis estudios universitarios. Aquellas lecturas, de hecho, me introdujeron a la literatura española contemporánea.

Descripción técnica:
Título: Balada de las noches bravas.
Autor: Jesús Ferrero.
Editorial: Siruela.
Edición: primera edición, Madrid (España), 2010 (2010).
Páginas: 442 páginas.
ISBN: 978-84-9841-440-0