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miércoles, 24 de agosto de 2011

De la mística a la idolatría.

Colinas concluye la segunda parte de su libro (Tratado de signos, sobre San Juan de la Cruz y los místicos españoles) con una reflexión sobre la idolatría a que la Iglesia Católica ha sometido su obra con posterioridad:
Ya muerto, llegó el reparto de los huesos —reliquias, el macabro ritual de partir el cuerpo sin saber que él ya no estaba allí, en la carne y en los huesos, en la tierra, sino fuera, en la luz. La luz que ellos no veían ni comprendían. ¿Inútil la lección del ejemplo de su vida, la lección del silencio y las nadas?

(Antonio Colinas: Tratado de armonía, p. 138).

Nada nuevo bajo el sol, por supuesto. Es lo mismo que la Iglesia ha hecho con un buen número de místicos y santos, como no podía ser de otra manera. Las instituciones cosifican, regulan, burocratizan y disecan la vida misma. Es su función. Es lo que saben hacer. La Iglesia no iba a ser una excepción.

domingo, 21 de agosto de 2011

Desacralización y mundo moderno.

Una pregunta que guió toda la obra de Mircea Eliade:
¿Por qué, a medida que pasan los años, el mundo tiende a desacralizarse ante nuestra mirada?

(Antonio Colinas: Tratado de armonía, p. 42)

A nadie se le oculta que, efectivamente, la desacralización forma parte intrínseca de la Modernidad. La cuestión en plantearse si lo que ha dado en llamarse postmodernidad tiene la fuerza suficiente como para contrarrestar esos efectos o, por el contrario, como mantienen otros, no es sino una extensión de la Modernidad (de ahí, por cierto, su nombre). En cualquier caso, la desacralización del mundo es evidente. Y nótese, por cierto, que Colinas no se refiere al mero retroceso de las creencias religiosas, sino más bien al fin del misterio, de la poesía, de lo simbólico. En los últimos siglos hemos ido sustituyendo todo ello por la rutina, lo racional, lo empírico y cotidiano. Ahí hunde sus raíces el malestar contemporáneo.

sábado, 20 de agosto de 2011

Sobre el origen divino de la mujer.

Colinas también deja entrever, junto a las reflexiones místicas que predominan en este libro, su parte más secularmente poética, como en el siguiente canto a las virtudes de la mujer:
A veces, la mujer es ese resquicio por el que el mundo deja ver su carácter divino. El cuerpo de la mujer a nuestro lado o entre nuestras manos; el buen oro de lo misterioso fundido y solidificado, el Sueño cristalizado, la prueba de la sacralidad del mundo.

(Antonio Colinas: Tratado de armonía, p. 23)

La mujer como ideal, como materialización de lo divino en este mundo corporal y desacralizado, algo que conecta directamente con el ideal romántico y éste, a su vez, con la tradición de amor cortesano de los trovadores renacentistas. ¿Se trata, sin embargo, de un estereotipo machista? O, por el contrario, ¿a lo mejor somos nosotros quienes, a fuer de modernizaciones, hemos dado la espalda a un mundo donde todavía existía el encanto? Seguimos haciéndonos la pregunta.

Sobre poetas y poesía.

Colinas comparte con nosotros unas palabras de Alexandr Blok en las que define la poesía:
"¿Quién es un poeta? ¿Una persona que escribe versos? No, claro que no. Se llama poeta no porque escriba en verso sino porque dota de armonía al sonido y a la palabra, porque él es hijo de la armonía. ¿Y qué es la armonía? La armonía es el acuerdo entre las fuerzas del mundo y el orden de la vida del mundo".

(Antonio Colinas: Tratado de armonía, p. 23)

Recuerda, evidentemente, al taoísmo y su ideal de armonía con la naturaleza. Un concepto, por cierto, el de armonía, que cada vez tenemos más olvidado en esta sociedad de las prisas donde lo que preocupa es la rapidez y la eficiencia por encima de todo.

Capacidad para reconocer signos.

La parte esotérica y mística de este libro comienza ya antes de la primera página, en las citas que se incluyen antes de comenzar la lectura, como el siguiente dicho sufí:
Lo que hay que adquirir es la capacidad de reconocer signos. Esta es la ciencia más alta.

(Antonio Colinas: Tratado de armonía)

Yo no sé a otros lectores, pero a mí, quizá por deformación profesional, esta cita me recuerda un poco a la premisa de la película The Matrix, en la que se juega con la idea de un mundo completamente virtual que, no obstante, nos parece completamente real. El protagonista, Neo, destaca precisamente por su capacidad para interpretar los signos en esa realidad virtual, por su capacidad para ver más allá de la superficie y reconocer el código que subyace a todo. Al fin y al cabo, lo que verdaderamente vale la pena es dar un paso para atrás y poder reconocer las tendencias, las grandes corrientes que orientan la vida cotidiana.

Tratado de armonía

Según nos cuenta el propio autor en el prólogo a este libro, comenzó a trabajar en la obra durante los primeros días de 1968. Aunque en un principio pensó que estaba escribiendo nuevas páginas de su Diario, conforme seguía escribiendo se dio cuenta de que aquello adquiría una personalidad propia en torno a un tema unitario: la idea de armonía. Tratado de armonía es, de hecho, un libro inclasificable. Contiene reflexiones, aforismos, impresiones, contemplaciones, sugerencias, apuntes... un poco de todo. Si acaso, como bien indica Colinas en su prólogo, la idea que subyace a todo ello es la de armonía con la naturaleza, una cierta idea de unidad mística con el todo que nos rodea. Una segunda parte del libro, Tratado de signos, es un homenaje a San Juan de la Cruz, a quien leyó Colinas en los veranos de 1989 y 1990 junto a las obras de Teresa de Ávila y otros autores místicos mientras viajaba por las ciudades y rutas de la mística española. El libro entero está insuflado de ese espíritu.

Ficha técnica:
Título: Tratado de armonía.
Autor: Antonio Colinas.
Editorial: Tusquets.
Edición: primera edición. Barcelona (España), junio de 1991.
Páginas: 143 páginas, incluyendo índice onomástico.
ISBN: 84-7223-369-3